El viaje del Papa

Septiembre 25, 2015 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

Este viaje del papa Francisco a América será recordado por muchos motivos seguramente, pero lo será sobre todo por la extraordinaria demostración de audacia política del Obispo de Roma. Porque ya me dirán si no están de acuerdo que con este viaje el Papa ha sobrepasado la audacia de viajes como el de Winston Churchill al Moscú de Stalin en junio de 1941 o el de Nixon al Beijing de Mao en 1972. En ambos casos se trataba de la decisión de un más que probado líder anticomunista de reunirse con quién encarnaba en ese momento mejor que nadie al comunismo. La audacia del Papa es mayor porque ha ido de la Cuba socialista a la América capitalista sin que la escala en algún otro país hubiera amortiguado el impacto simbólico que supone cruzar con entera libertad una frontera que hasta ayer mismo estaba completamente bloqueada. Política, económica, ideológicamente. Churchill y Nixon buscaban con sus viajes un aliado en situaciones en las que ambos se sentían amenazados por un peligro mortal, el Papa en cambio ha cruzado la última o la penúltima frontera de la Guerra Fría no solo para demostrar a todos los nostálgicos de esta última que dicha guerra ha terminado definitivamente, sino para probar que él puede cruzarla tan libremente como la cruza porque no es un agente de La Habana o de Washington sino porque es el enviado de Dios. Y que por serlo -o al menos por asumir consecuentemente tan alta investidura- se sitúa en una posición completamente independiente de los arduos y complejos motivos del conflicto que han enfrentado a cubanos y a norteamericanos durante medio siglo.Pero la independencia de los poderes de la Tierra que defiende para la Iglesia el Papa no significa que quiera, como Fray Luis de León, huir “lejos del mundanal ruido”. No, al contrario: cuando él llegó a Cuba no tuvo que apoyar o condenar al socialismo porque ya había demostrado que en materia de compromiso con los pobres él no tenía que aprender de nadie porque dicho compromiso lo ha heredado su iglesia del Sermón de la Montaña de Cristo. Compromiso que ha reiterado en la América que cree en el dólar más que en el Dios en el que el dólar dice haber depositado su confianza. Así lo hizo ejemplarmente cuando, en vez de aceptar las invitaciones a comer de los presidentes de la Cámara y del Senado, se fue a compartir el pan con unos cuantos de los que carecen hasta de casa en el país más rico del planeta.

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