El oratorio

Diciembre 02, 2016 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

Fue un concierto y ahora es un video que ya está disponible en Youtube. Y esta transformación no ha sido sin consecuencias. La primera no por obvia es menos importante: ahora cualquiera en cualquier parte del mundo puede escuchar esta espléndida composición musical para coro y orquesta sinfónica del talentoso compositor y director de orquesta Alberto Guzmán Naranjo, cuyo título es El río de los muertos. Como lo ha hecho Luis Francisco Pérez -un crítico de arte madrileño de una extraordinaria cultura musical forjada en la larga frecuentación de los mejores teatros y las salas de concierto de toda Europa-, quién después de escuchar este conmovedor oratorio me dijo “que no está nada mal”. Y me explicó a renglón seguido que “está dentro de los parámetros estéticos de la escuela sinfónica nacionalista latinoamericana del siglo XX, con ‘toques’ indigenistas muy bien controlados y de gran sofisticación. Digamos que parte de una idea muy estilizada de un posible folclore continental, dentro de la escuela iniciada por el argentino Ginastera, los mexicanos Chávez y Revueltas y en menor medida el brasileño Villalobos. El español Falla, en cuanto a la utilización del folclore español, también es un referente. Me ha gustado mucho y sin duda merece ser divulgada y reconocida”.Por mi parte he prestado atención no solo a la música y al canto en sentido estricto sino a lo que le aporta a ambos su inserción en un video producido por el canal de televisión de la Universidad del Valle. Y en el cual las tomas del concierto realizado el 10 de junio de este mismo año en la Sala Beethoven de Bellas Artes contrastan con el torrente de imágenes entresacadas de la ingente masa de documentales y reportajes televisivos producidos durante la atroz guerra fratricida que hasta hoy hemos padecido. Ese contraste puede ser leído de muchas maneras, entre ellas la que subraya la oposición entre la realidad atropellada y sangrienta de la guerra y la armonía y el equilibrio que exhiben la orquesta sinfónica y el coro. Que gracias a dicho contraste se muestran no solo como meros conjuntos musicales sino como un inapreciable modelo de civilización. El modelo de una sociedad en la que cada uno es un ejecutante virtuoso y en la que la individualidad de nadie sufre menoscabo por ocupar el lugar que le corresponde en una colectividad guiada por la batuta de un director que lo es porque él también es un virtuoso.

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