El cazador cazado

El cazador cazado

Abril 27, 2012 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

El resbalón del Rey de España en un refugio de cazadores en África no sólo le costó la fractura de la cadera sino también la indignación de la opinión pública española que no podía creer que su Rey se diese el lujo de cazar elefantes mientras la mayoría de sus súbditos padecían los estragos de la crisis y de una durísima política de restricción del gasto público que les quita el aliento. Muchos también se indignaron porque ese lujo fuera precisamente el de matar elefantes, una especie en peligro de extinción, víctima de los cazadores furtivos y de la reducción de sus ambientes naturales. Y que lo hiciera, para mayor vergüenza, quien es actualmente el presidente honorario de Adena, la sección española de la World Wildlife Foundation, universalmente conocida por su imagen corporativa, un oso panda, y por su defensa de la vida salvaje.La gente conocía la afición desmedida del rey Juan Carlos por la caza pero hasta ahora la toleraba como una falta menor que se le perdonaba en reconocimiento de la prudencia con la que guió la transición de España de la dictadura franquista a la democracia. Pero una cosa era esa otra tolerancia y otra muy distinta, aceptar como buena la decisión de WWF de concederle la presidencia honoraria a una ONG que se supone está dedicada a la protección de especies que, como los elefantes, han sido y siguen siendo diezmadas por los cazadores. Y tal vez por esta razón se han puesto en circulación en Internet artículos y textos -como el de Eduardo Ferreyra Mitos y fraudes (www.mitosyfraudes.org)- en los que se saca a la luz que la WWF ha sido más tolerante con la cacería de lo que es deseable en una organización de su carácter. De hecho, la iniciativa de fundarla la tuvo Felipe, el duque de Edimburgo y marido de la reina Isabel II, después de participar en una cacería organizada en 1961 por el rajá de Jaipur en India, en la que mató a una rinoceronte recién parida. Algo que ya entonces era escandaloso y que obligó a Ian McPhail, primer director internacional de apelaciones de WWF, a ‘encubrir el hecho’. Y al Duque a postergar su deseo de presidir la fundación que había diseñado. Su lugar lo ocupó su primo, el príncipe Bernardo de Holanda, que si bien no era muy dado a la caza tenía detrás, sin embargo, un turbio pasado de militante nazi y de espía de las SS que, también en su caso, hubo de ocultarse tanto para que pudiera ser el presidente de WWF y el esposo de la reina Juliana.

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