El agua o el oro

El agua o el oro

Febrero 17, 2012 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

Esta fue la disyuntiva que hace unas semanas se le planteó al pueblo de Cajamarca, Perú, movilizado contra los planes de una multinacional canadiense que pretende iniciar la explotación de los ricos yacimientos de oro de la región, mediante el devastador método de la explotación a cielo abierto. Esa es más rápida y productiva que todas las anteriormente utilizadas, pero tiene el grave inconveniente de que contamina las fuentes y las reservas de agua en un vasto perímetro a su alrededor. El pueblo de Cajamarca no lo dudó: prefería el agua -que sigue siendo suya- en vez del oro, pues tienen buenas razones para temer que se les irá de las manos, como durante siglos se le ha estado yendo al Perú. Eso sin contar con la leyenda del rey Midas, que murió de hambre y de sed porque el oro no se puede comer ni beber. Esta historia, tan aleccionadora, se me ha venido a la cabeza viendo la obra más reciente de Miguel Ángel Rojas, titulada ‘El nuevo El dorado’. Se trata de un gran cuadro de 2x6 metros, pintado con polvo de hojas de coca y láminas de oro y que está hecho a partir de la fotografía satelital de un largo tramo del río Amazonas. El artista explica que le movió a hacer esta obra la noticia de que el actual código forestal brasileño permite que se talen diariamente 400 hectáreas de la selva amazónica. Un destrozo que a los planificadores de Brasilia deberá parecer irrisorio pero que a él, en cambio, le horroriza e indigna. “No es solo el destino de los países de la cuenca amazónica el que está en juego sino el de todo el planeta, que si pierde a la Amazonía pierde al último gran pulmón que le queda”, explica. Y por esta razón ha decidido protestar por medio de esta obra tan extraordinaria como inquietante, en la que los árboles de la fotografía satelital han sido reemplazados literalmente por coca, y el agua del río y de sus afluentes, así como los mantos de nubes que eternamente flotan sobre la selva, han sido reemplazados por láminas de oro. Los colombianos deforestamos para plantar coca -nos recuerda Miguel Ángel- y lo hacemos a un ritmo enloquecido, impuesto por unas fumigaciones aéreas que no sirven sino para que sigamos sembrando coca y refinando cocaína. Fascinados por una quimera que es tan vieja como el origen de nuestra codicia: la quimera de El dorado. Por ella estamos dispuestos a cambiar el agua por el oro aunque sea al precio de cegar las mismísimas fuentes de la vida.

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