Crecer y proteger

Junio 22, 2012 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

“La lucha contra la deforestación en la región tiene importancia mundial y tiene que ser intensificada”, afirman con contundencia José Antonio Ocampo y Nicholas Stern, en un articulo de la semana pasada titulado ‘América Latina debe garantizar el éxito de Río’. Lo escribieron pensando en la Cumbre de Río dedicada al ambiente, que ahora se está celebrando en esa ciudad brasileña. El artículo destaca entre toda la ingente literatura producida a propósito de esta cita planetaria porque llama a que nuestro Continente asuma su responsabilidad en la generación y sobre todo en la solución del catastrófico calentamiento global que se nos echa encima y que -según los científicos- estará representado en 2030 por una subida de 2 grados de la temperatura promedio del planeta que causará destrozos incalculables y golpeará con fuerza a las regiones más pobres del planeta. Entre la que nos seguimos contando nosotros, por mucho que nos echemos cuentos sobre la actual prosperidad al debe. El problema es que asumir nuestra responsabilidad en la evitación de esa devastadora catástrofe supone resolver el acertijo de crecer económicamente sin que ese crecimiento destruya el medio ambiente, como lo ha hecho y lo sigue haciendo. Ocampo y Stern creen conciliable el crecimiento y la protección medioambiental pero ni siquiera esbozan alguna propuesta concreta capaz de resolver esta cuadratura del círculo. Omisión que me da pie para insistir en la mía y que consiste en conservar la selva mediante una estrategia de aprovechamiento económico de la misma que se apoye en dos patas. La primera, la principal: convertir la selva en el objeto de planes sistemáticos y a largo plazo de investigación científica y técnica capaz de generar conocimientos e innovación tecnológica en campos como la biología, la farmacología, la medicina y la informática y en la gestión sostenible de recursos naturales tan vitales como el agua y el aire. Conocimientos que hoy valen más que el oro. La otra pata es más polémica y consiste en la participación en el mercado global que intercambia oxígeno por CO2. Mercado que rechazan los ecologistas del Norte porque lo ven como un pretexto usado por sus gobiernos para no asumir la responsabilidad que les cabe en la reducción de las emisiones de efecto invernadero, pero con el que habrá que contar si es que EE.UU. quiere reducir su promedio actual de 22,1 toneladas de emisión de esos gases al 2,5 recomendado por los expertos para 2050.

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