¡Azúcar!

Junio 20, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

A una Nueva York curada de espantos por la tragedia del 11-S de 2001 y el catastrófico desplome de Wall Street de 2007, la tienta ahora el azúcar. Y no me refiero a la dulzura de los candies, omnipresentes en tiendas y supermercados, sino a dos intervenciones artísticas que han dejado su huella en la temporada artística que está a punto de terminar. Me refiero, en primer lugar, a A mercantil novel -Un novela mercantil- la impactante exposición individual del joven artista valluno Óscar Murillo en la galería David Zwimers en Chelsea, sede de exquisitas galerías de arte contemporáneo. Se cerró esta misma semana y consistía en una reproducción a escala natural del proceso de trabajo por medio del cual Colombina produce chocmelos: masmelos recubiertos de chocolate. La propuesta no es del todo original: tiene su antecedente remoto en la fábrica de textiles construida en la sede de la exposición universal de París de 1868 para que los visitantes contemplaran en directo procesos industriales normalmente ocultos a sus ojos. Y su antecedente inmediato: las pilas de caramelos que el artista y activista cubano Félix González - Torres ofrecía gratuitamente a los visitantes de sus exposiciones en señal de hospitalidad. Pero ninguno de los dos quita méritos al desafiante orgullo con que Murillo ha reivindicado sus orígenes sociales y familiares, anclados en La Paila, donde la mayoría de sus habitantes trabajan en Colombina.El azúcar cumple un papel aún más destacado en A subtlety, Una sutileza, una formidable exposición de Kara Walker en la sede abandonada de la Domino Sugar Factory, en la orilla del East River, en Brooklyn. La domina una gigantesca esfinge, blanca como el azúcar, cuya cabeza es la del estereotipo de criada negra acuñado por el legendario filme Lo que el viento se llevó. Y cuyo trasero muestra la gran vulva atribuible a ese estereotipo. Completa la poderosa escena una decena de esculturas de niños negros con cestas de caramelos, recubiertas de melaza. Walker también reivindica sus ancestros: las plantaciones de caña de azúcar y los ingenios en los que sus antepasados trabajaron como esclavos. Pero va aún más lejos: “El azúcar cristaliza algo en el alma americana -dice. Es un emblema de todos los procesos industriales y de la idea de volverse blanco. Blanco como equivalente de puro y verdadero. Hace falta mucha energía para blanquear algo que es marrón”, sentencia.

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