Alberto Guzmán

Octubre 23, 2015 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

La necesidad aguza el ingenio y la extrema necesidad empuja a los extremos de la ironía y el sarcasmo. Que es a donde ha sido empujado Alberto Guzmán, notable compositor y destacado profesor de música en la Universidad del Valle. Su talento artístico es bien conocido. Lo demostró el estreno, el pasado junio en el Teatro Enrique Buenaventura, de su oratorio El río de los muertos, trágica y a la vez esperanzadora evocación de los cadáveres innominados arrojados a las aguas del río Cauca y de otros ríos nuestros por quienes desde siempre han querido someternos al imperio del terror. Pero tal vez sean menos conocidas las facetas irónicas y sarcásticas de su talento, exhibidas sólo en su cuenta de Facebook. En ella ha subido comentarios agudos e hirientes que tienen como blanco tanto la escasa o nula atención que el país le presta tanto a la música clásica, a sus intérpretes y compositores, como los recortes en los presupuestos dedicados a la misma, ya suficientemente pobres de por sí. Él, en su desesperación, ha llegado a escribir que somos un “país sin música”. Y en las últimas semanas ha subido post, inspirados ciertamente en la “modesta proposición” hecha por Jonathan Swift para resolver el crónico problema de las hambrunas en Irlanda por lo que tienen de razonables y despiadados. ¿Que no hay dinero para financiar la Orquesta Filarmónica de Cali? Pues no hay problema, porque suplimos esa falta dando por buena la tesis del mordaz director de orquesta Thomas Beecham según la cual “sólo hay dos reglas de oro para una orquesta: empezar juntos y terminar juntos” porque “al público le importa un comino que lo ocurra en el medio”. “Si es así -continúa Guzmán- se pueden reducir los presupuestos de las orquestas con instrumentistas contratados a destajo (travail à la pièce), porque “basta un ensayo para ajustar el inicio y el final de la obra, lo demás se deja al garete del concierto y si hay barahúnda es fácil hacerlo pasar como Arte Sonoro”. Pero si ni siquiera este recorte fuera suficiente, nuestro buen compositor, propone “cancelar el contrato de todos los instrumentistas, dejar solamente al director y que cada concierto sea un homenaje al más importante creador del Siglo XX, el inefable John Cage”. En la pieza para piano 4´33 de Cage, el intérprete se sienta durante ese tiempo delante del piano y no hace nada distinto a pasar las páginas de la inaudita partitura.

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