Sobrevivir en condiciones de indignidad

Sobrevivir en condiciones de indignidad

Diciembre 12, 2010 - 12:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

Aun carácter indomable, una gran disciplina, una tolerancia enorme al sufrimiento y una extraordinaria fortaleza mental se sumaron varias estrategias que le permitieron salir de la prisión con la voluntad intacta para liberar a su pueblo de la injusticia y la indignidad. Nelson Mandela tenía 71 años y había pasado casi 28 años, diez mil días para ser exactos, en cruel confinamiento. Se trazó unos objetivos desde el comienzo que siempre fueron superiores a cualquiera de las enormes privaciones o a los planes urdidos por las autoridades para humillarlo.Siempre tuvo la certeza de que su libertad y la de su pueblo llegarían algún día a pesar de la cadena perpetua a la que había sido condenado.Logró sobrevivir merced a la creación de una vida propia en prisión que pudo mantener cada uno de los días de su cautiverio.La rutina, la gran aliada de las autoridades para desmoralizarlo e ir doblegando sus principios, la contrarrestó merced a una férrea disciplina. Gracias a ella pudo preservar y crecer sus convicciones personales y ser consistentemente fiel a sus ideales no sólo ante las autoridades sino -principalmente-en secreto consigo mismo. En lo físico realizaba un plan de ejercicio cotidiano que incluía 45 minutos de trote estacionario en la mañana, cien “push-ups” en la punta de los dedos, doscientas sentadillas, cincuenta flexiones de rodillas y otros ejercicios calisténicos. Más allá del aislamiento de la celda sin ventanas en donde a duras penas cabía un camastro, la pésima y escasa alimentación, la tortura psicológica y el maltrato de guardas sádicos, estaban los terribles trabajos físicos forzados.Los contactos con su esposa estaban limitados a una visita vigilada, realizada a través de una pared con un pequeño vidrio con agujeros a través de los cuales a duras penas se podía ver y escuchar a la otra persona. La tal visita se llevaba a cabo con guardias a cada lado de la pared divisoria; duraba media hora y ocurría cada seis meses. El contenido de la conversación estaba censurado y limitado a ciertos tópicos. Si se llegaba a mencionar un nombre que no fuera de la familia o si a juicio arbitrario de los guardianes había la menor queja, el castigo consistía en esperar doce, no seis meses para la siguiente visita.Comprendió exactamente lo que tenía que hacer para sobrevivir. Para ello era indispensable saber los objetivos del enemigo antes de desarrollar una estrategia para combatirlo. Y en las raras ocasiones donde la comunicación era posible, comentarla con los compañeros de prisión. Este compartir le trasmitía la sensación de solidaridad tan fundamental en la preservación de la integridad en condiciones de confinamiento.Sus acciones fueron siempre inteligentes, generosas y desprovistas de rencor frente a sus enemigos y quedaron inscritas con los máximos honores en la historia del Siglo XX.

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