Los árboles no dejan ver el bosque

Los árboles no dejan ver el bosque

Junio 01, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

Presionado por el cierre de la página de salud del periódico para el envío de mi columna de este domingo me despierto más temprano que de costumbre. Como me suele ocurrir en las madrugadas cuando tengo la claridad de un tema para desarrollar, salgo de la cama y me siento a escribir.La idea no estaba en mi cabeza la noche anterior cuando debatíamos, con amigos, en un diálogo íntimo, cordial, pero intenso e inquietante lo que se le viene a Colombia en estas próximas dos semanas. No era el partido Colombia-Grecia, del día antes de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, que sin duda tendrá efectos importantes en los resultados electorales. El debate era sobre el trascendental partido entre los dos contendores que se están jugando el futuro de la patria. Quiero compartir las reflexiones con mis amables lectores a quienes les pido paciencia por mi nueva incursión en temas que se salen de lo estrictamente psiquiátrico, para entrar en terrenos más amplios del Comportamiento Humano.Se percibe un estado de ánimo inquietante en todas partes. Casi corresponde a un estado de agitación nacional. Algo extraordinario, que se manifiesta en la zozobra que siente todo el mundo. Va desde el taxista hasta el empresario, pasando por el mensajero, el contertulio semanal en el supermercado, la televisión, la radio, la prensa grande y la pequeña, amigos y familiares cercanos y lejanos. Todo el país se encuentra en estado de alarma por las próximas elecciones. Una campaña que hace seis meses prometía ser la más aburrida, se convirtió de la noche a la mañana, en la más dramática de la historia reciente.La feroz división entre dos candidatos rabiosamente enfrentados es agravada por componendas de asesores y jefes de campaña, construidas a “la brava” para aplastar al adversario. Cada uno esgrime argumentos emocionales para quitarle piso al contendor, busca sus alianzas, da sus razones, algunas convincentes, otras atropelladas y muchas claramente acomodaticias. Esa polarización, fabricada por los medios, los egos y las ambiciones, no corresponde a la realidad. Entre otras razones porque ambos candidatos, así lo nieguen, tienen más parecidos que diferencias. Han cohabitado largamente en el mismo lecho. Han estado identificados en múltiples circunstancias, han obrado de común acuerdo muchas veces en asuntos cruciales. Detestan, entre otras cosas, la parte oscura de cada cual proyectada en el otro. La consecuencia más grave de la situación descrita es que en un ambiente caótico donde no se puede ver la realidad ni descifrar el futuro, se está cebando al oportunista astuto, sin escrúpulos, que pagó su ingreso con unos cuantos votos. Él, simplemente espera agazapado mientras los que lo llevan al poder, se van desgastando. Una vez ubicado allí en una posición donde jamás hubiera llegado por mérito propio, transportado por la necesidad, la ambición y la vanidad, dará el golpe maestro cuando le llegue su hora. Este es el tema de la próxima columna.

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