La responsabilidad del fracaso es siempre compartida

La responsabilidad del fracaso es siempre compartida

Marzo 30, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

Frente a la ruptura de una relación de pareja lo corriente es asignarle la responsabilidad a una de las partes, la aparentemente más fuerte, pretendiendo confirmar el clásico estereotipo: débil-dominante. Pero no todo es como parece. Salvo en las circunstancias en las que la ruptura sobreviene por actos traicioneros o abusivos, en muchas otras ambas partes han asistido a un deterioro paulatino de la relación, adoptando una actitud pasiva pues sabían que algo andaba mal, pero no hicieron nada. Cada cual estuvo dedicado con intensidad a sus propias tareas. Uno, a la crianza de los hijos, el otro a proveer las necesidades de la familia. Ninguno se dio cuenta que al tiempo que construían un futuro para la familia, cavaban la fosa de su relación de pareja. Ignoraron olímpicamente que ambos aspectos son perfectamente compatibles y se pasaron años ocupadísimos asumiendo que como cada uno cumplía su labor, eso era todo lo que debía preocuparlos.No quisieron darse cuenta que al dedicarse primordialmente a los hijos, los problemas cotidianos, la nueva casa, el progreso económico y las actividades sociales y familiares, estaban desatendiendo lo fundamental. Tal situación llevó al abandono mutuo acompañado de las justificaciones de siempre: el exceso de trabajo, el cansancio, la rutina o las ausencias. El placer de compartir entre ambos se extinguió y la relación de pareja sin detalles, carente de solidaridad, sin ternura y con una vida íntima aburrida, cuando no inexistente, se fue desdibujando y pasó a hacer parte del paisaje. En el mejor de los casos se convirtieron en socios desgastados de una empresa que hace rato perdió su norte. Y así pasaron años. Llegado el momento de las revelaciones, cuando todo lo que habían disimulado por años sale a la superficie, sobrevienen las rasgadas de vestiduras, las recriminaciones personales, las sindicaciones familiares y las alianzas de género. ¿Si el abandono o las conductas abusivas eran tan claras por qué se las aguantó? ¿Si sospechó algo por qué no habló? Hay casos en los que es imposible escapar, pero son muchos más los casos en los que la liberación es posible pero la víctima aguanta por comodidad o porque así fue entrenada y lo último que consideraría sería rebelarse. Sus mayores le enseñaron que protestar está mal visto. El establecimiento, la familia, la religión y la sociedad, se encargan de abrumarla de sentimientos de culpa y de maldiciones sobre las tragedias que sobrevendrán en caso de persistir en sus planes de liberación. Acusar a una de las partes de ser la responsable de la ruptura ignora que fueron dos adultos los que iniciaron el vínculo y si ambos contribuyeron al deterioro, ahora deben enfrentar, como adultos, la reconstrucción o en su defecto el rompimiento. En consecuencia, no caben las acusaciones de ruina o engaño. Pues la pasividad, el sufrimiento silencioso, la superficialidad, la conciliación compulsiva y la “ingenuidad” son ropajes que tratan de ocultar, como mínimo, una gran pereza que es también compartida. carlos E. climent | carlosecliment@gmail.com

VER COMENTARIOS
Columnistas