La rabia no se evapora “por decreto”

Octubre 04, 2015 - 12:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

El trabajo con pacientes en la confidencia del consultorio muestra los beneficios de revelar secretos dolorosos largamente guardados, y de hablar sobre los abusos cometidos contra ellos por personas que desaparecieron años atrás.Muestra también la destrucción que sobre el equilibrio personal tienen las verdades a medias, el ocultamiento hipócrita, la mentira familiar, el silencio, la humillación y la falta de solidaridad sostenidas a lo largo del tiempo.En esos casos, a falta de procesos de reparación, la catarsis que ocurre al revelar la verdad es muchas veces todo lo que tiene la víctima para acceder a una relativa paz interior.Pero en los procesos públicos cuando todavía están vivos los autores de crímenes atroces, las víctimas y/o sus familias tienen el derecho a exigir como mínimo que antes de “hacer las paces” exista un reconocimiento público y franco del daño causado, una presentación de disculpas y una reparación de los perjuicios ocasionados. Todas ellas, bases fundamentales de un arreglo justo.El verse obligado a ignorar las agresiones se da por una o varias de las mismas razones de siempre:* Por miedo: al creer que el reconocimiento del abuso y el salir a defender los derechos propios, constituye un riesgo demasiado grande.* Por comodidad: pues para quien ha recibido un trato injurioso, el exigir una satisfacción puede representarle un esfuerzo demasiado grande o una confrontación impensable.* Por conveniencia: porque desafiar a quién detenta el poder en alguna de sus formas, representa la pérdida de ciertas ventajas.Lo que tiene que ocurrir, si es cierto que la justicia está operando, es que los supervivientes o la víctima del crimen, escuchen del(los) culpable(s) el público y pleno reconocimiento de las agresiones. De no ser así, no hay paz posible, pues llegar a un acuerdo diplomático, imparcial en su forma, pero inequitativo en su fondo, no soluciona nada. La rabia por los abusos recibidos, sin una reparación adecuada, no se evapora “por decreto”.Quien por conveniencia ha decidido no exigir que se diga toda la verdad sobre hechos ominosos, ha claudicado frente a circunstancias inadmisibles. Y lo único que ha logrado es posponer temporalmente lo que tarde o temprano saldrá a flote: la verdad. Esa es la naturaleza humana.Quien no ha expresado su inconformidad abiertamente y no ha recibido las satisfacciones del caso por los oprobios experimentados, tiene que disimular la humillación y sufrir en carne propia las consecuencias de su pasividad. Que se harán evidentes no sólo en la pérdida de su dignidad, sino en el desmoronamiento de su integridad, manifestado en síntomas físicos, enfermedades psicosomáticas y alteraciones varias del equilibrio emocional.En resumen, se restablece el equilibrio perdido y se llega a una paz duradera solamente cuando la víctima ha podido expresar sus sentimientos sobre los hechos, el agresor los ha reconocido y los ha reparado satisfactoriamente. Es la primacía de lo verdadero sobre lo falaz.

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