La mentira de las soluciones mágicas

La mentira de las soluciones mágicas

Noviembre 05, 2017 - 05:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

Amanda tiene 35 años, estudió ingeniería, está casada desde hace cuatro años y no tiene hijos. Llega a consulta después de casi dos años de dar vueltas por diversos consultorios buscando alivio para inexplicables miedos, ansiedad creciente, tristeza, desgano, opresión en el pecho, hormigueos en los brazos y piernas que van y vienen y muchas ideas negativas sobre el futuro de su vida y de su salud. Como si lo anterior fuera poco se le inundó su nueva casa y se incendió una pesebrera en su finca de recreo.

Ella es una persona sugestionable con tendencia a preocuparse por todo. Alarmada por la proliferación de los eventos desafortunados que le estaban ocurriendo decidió visitar, por recomendación de unos amigos muy cercanos, a “unos especialistas” que la convencieron de ser la víctima de fuerzas del mal.

Amanda ya de por sí angustiada entró en pánico pero, algo ilusionada, les dio acceso a su casa para que buscaran el origen de sus problemas. Los “especialistas” de marras hicieron la revisión de la casa y después de un breve interrogatorio y una rápida revisión de todos los espacios, los “especialistas” llegaron a la conclusión de que en efecto Amanda era víctima de un “trabajo” que provenía de alguien cercano que tenía la intención de hacerle daño. Y que lo que correspondía era “identificar y eliminar el factor maligno que le había ocasionado tantas desdichas”, labor a la cual estos personajes se ofrecieron por una suma concertada de antemano.

Y como era perfectamente previsible, encontraron el supuesto “origen” de todas las desgracias: “Escondidos en algún rincón estaban unos muñecos atravesados por agujas y manchados de sangre”.
“¡Era algo horrible!”, resume Amanda que prefiere olvidar el incidente.
Identificada “la causa” (que obviamente ellos mismos habían llevado) dieron por terminada su intervención, cobraron sus honorarios y desaparecieron.

Amanda quedó peor que antes y resolvió consultarme. Los relatos de los “especialistas” y de los supuestos hallazgos, que la habían descompensado aún más, los hizo hacia el final de la cita con temor porque se había comprometido a guardar el secreto de los detalles.

La inundación y el incendio son eventos accidentales que ocurren con frecuencia, pero como ella los sumó a sus propios síntomas, se precipitó al abismo de lo sobrenatural en el cual, según “los especialistas”, sólo las soluciones sobrenaturales son aceptables. Y añadieron en tono dramático: “lo que usted tiene no lo arregla ni la iglesia, ni la medicina ni la ciencia”.

La conclusión médica es que Amanda venía sufriendo de una depresión clínica no diagnosticada. Tres semanas después de haber iniciado un tratamiento médico antidepresivo, ella había mejorado considerablemente de todos sus síntomas.

Esta historia no es nueva. Se repite todos los días porque el mundo está lleno de estafadores con una gran habilidad para identificar a los ingenuos sugestionables. Y estos últimos no quieren confrontaciones ni trabajo, sino soluciones simplistas, inmediatas y mágicas para sus problemas.

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