La hora de la reconciliación

La hora de la reconciliación

Junio 15, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

Por los próximos cuatro años no se discutirá más para convencer amigos y parientes para que no boten su voto. Las grandes mayorías integradas por colombianos bien intencionados, sin duda alguna superiores a sus políticos, tomarán sabias decisiones. Llegó la hora de la cordura, de la reconciliación. El momento de: *Abandonar las antipatías basadas en enemistades ajenas que sólo llevan a juicios emocionales, subjetivos, apasionados, equivocados o de conveniencia personal. *Tomarse el tiempo para conocer a fondo al otro, antes de ilusionarse “a la loca” o condenarlo fieramente, ahorrándose así grandes desilusiones.* Moderar las exageraciones. Nadie es tan malo como proclaman sus detractores, ni tan bueno como pretenden sus aduladores. *Entender que en cuanto se tiene al odiado enemigo al frente y se le escucha con atención, se le descubren aspectos humanos nunca imaginados que atenúan las ganas de destruirlo.*Saber que la mayoría de las personas no son lo que parecen. Generalmente lo que se muestra son las fachadas, las actitudes defensivas. Detrás de las amenazas, la vanidad, la prepotencia y la rabia, como el sapo que se infla o el perro que muestra sus dientes, está agazapada su verdadera naturaleza, unas veces la del calculador, otras la del débil asustado. *En la vida, las cosas no salen como las han pronosticado los asesores, los expertos, los brujos o los culebreros. Los pronósticos en política, economía y medicina, solo aciertan (si acaso) en un 50 % de las veces. Los politólogos más cotizados se la pasan justificando su contradictoria futurología. El economista más ilustrado dura la mitad del año prediciendo lo que va a pasar y la otra mitad explicando por qué se equivocó. El prepotente galeno que dijo confiado: “Prepárese porque no le quedan sino tres meses de vida” se murió el año pasado, y el paciente completó tres años vivito después de la maldición profética. *Arrepentirse por haber dedicado demasiado tiempo preparándose para guerras que nunca se dieron (Churchill en su lecho de muerte). *Confiar que el elegido pueda poner límites a sus incómodos aliados de campaña. Por un lado, que aquel que se mantuvo a la sombra de la prepotencia, pueda marcar importantes distancias y pueda actuar como el estadista independiente que parece ser. Por el otro lado, si la balanza se inclinó a favor de quien se alió al populista de turno, solo queda esperar que pueda sacudirse pronto de él antes de proceder a entregar el país al desorden. *Confiar también en la sabiduría del colombiano promedio que lleva muchos años eligiendo gobernantes buenos, regulares y malos pero que, salvo efímeros períodos, nunca se ha dejado seducir por el populismo caníbal. Este agresivo cáncer que ha adquirido niveles epidémicos en los países vecinos y que una vez en el torrente circulatorio nacional acaba con todo. * En último caso, encomendarse a los poderes inexorables de la justicia divina que hablando a través del pueblo (“Vox populi”) nos recuerda que: nadie puede engañar a todo el mundo, todo el tiempo.

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