La difícil aceptación del narcisismo

La difícil aceptación del narcisismo

Marzo 27, 2015 - 12:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

El libro La Locura Lúcida no es para todo el mundo. Algunos lectores lo empiezan con entusiasmo y lo abandonan cuando llegan a los capítulos correspondientes a narcisistas y sociópatas. Consideran las descripciones demasiado amenazantes pues se siente directamente aludidos. Las historias allí consignadas no han sido preparadas sobre la base de situaciones particulares sino que representan una sumatoria de los relatos de muchas víctimas de estos enfermos, con quejas similares, que han sido atendidas a lo largo de muchos años. Ni los narcisos ni los antisociales consultan pues -según ellos- los problemas siempre son de los demás. Lo descrito corresponde a una cotidianidad de muchos hogares e incluye a padres, cónyuges, hijos y otros parientes de mucha gente. Se da en las mejores familias y pocas se salvan de tener en su casa por lo menos un representante con estos rasgos. Son trastornos muy predecibles en sus manifestaciones clínicas, es decir si la persona adolece de algunos síntomas es fácil anticipar que también tendrá otros de la misma naturaleza. Los síntomas son idénticos entre los diferentes enfermos y se mantienen inmodificables a pesar del paso del tiempo.La dificultad para aceptar estos trastornos se debe a que, en su calidad de oprimidos de sus seres queridos enfermos, se sienten incapaces de modificar la dinámica de la relación (apego, dependencia ambivalente o temor) que han mantenido desde tiempo atrás con sus opresores. El caso es que no están listos-todavía-para mirar de frente esa realidad y optan por convivir con ella. El lector con una madre narcisista se hace la siguiente reflexión: “Si yo acepto que mi madre es una narcisista, entonces no me puedo relacionar con ella. Prefiero seguirme sometiendo a su frialdad, su prepotencia y sus afectos fingidos, sin llevarle la contraria, porque así cuento con su aprobación. Es decir, me toca relacionarme con ella en sus términos, porque de otra me quedo sin mamá. Al menos así me hago a la fantasía de que tengo una madre que tanta falta me hace. Yo no le puedo reprochar nada porque ella siempre tiene la razón. Donde le llegue a rebatir algo, me saca los ojos. Acepto que es un chantaje, pero no me queda otro remedio que seguirle el juego”. Algo parecido ocurre con el padre o el hijo manipulador: “Si acepto que tiene rasgos de una personalidad antisocial tengo que alejarme definitivamente de él porque soy incapaz de decirle que es un egoísta que está interesado exclusivamente en su propio bienestar, con quien es imposible relacionarse genuinamente porque nunca acepta responsabilidad de nada, alguien que no siente nada por nadie y que además es un gran manipulador. Que es lo que verdaderamente pienso de él”. Pero no hay necesidad de romper la relación con estos personajes. Hay principios para el manejo (descritos en La Locura Lúcida) que evitan seguir cayendo en las trampas puestas por estos parientes enfermos. Las descripciones resumidas de esos principios serán discutidas en futuras columnas.carlosecliment@gmail.com

VER COMENTARIOS
Columnistas