La confrontación de las sospechas

La confrontación de las sospechas

Septiembre 06, 2015 - 12:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

“Siempre tiene alguna excusa para justificar sus conductas”. “Tiene amistades que no conocemos”. “Inexplicablemente su rendimiento académico se ha deteriorado”. “Lo vemos ausente, evasivo, irritable o decaído”Los anteriores son unos pocos ejemplos de las circunstancias de incertidumbre que viven los padres con un hijo problema, que vive en el seno de la familia pero es un misterio, porque no es comunicativo.En un comienzo, las explicaciones que suelen darse los padres para los comportamientos mencionados son muy variadas. Incluyen entre otras, una crisis de la edad, una depresión, un conflicto de cualquier naturaleza que el joven ha decidido ocultar a su familia, o un trance sentimental que prefiere mantener en secreto.Como mecanismo de protección para no sufrir o “para no ir a dañar la relación” muchos padres hacen “la del avestruz” o abordan los temas espinosos “por los laditos” sin entrar en materia; o minimizan las situaciones; o se dan explicaciones tranquilizadoras que no corresponden a la realidad; o se creen (así sea a medias) todas las historias que oyen.No se necesita gran perspicacia para sospechar que hay muchas evidencias que apuntan a que el joven está abusando de alguna sustancia. Sin embargo los padres del hijo en problemas-a la manera del cónyuge engañado-son los últimos en darse cuenta. No infrecuentemente, la razón por la cual el padre mejor intencionado no reacciona, es la parálisis que le produce el miedo de comprobar algo amenazante que no ha querido ver.Otra circunstancia común entre estos padres tiene que ver con los absurdos sentimientos de culpa que los llevan a buscar las causas de las dificultades de los hijos en ellos mismos: “¿Será que no le hemos dedicado el tiempo suficiente?....En vez de ponernos a sospechar cosas que no son... debemos tenerle más confianza, porque eso le mejora la autoestima, etc”Para desenmascarar el consumo hay que estar atentos a las pistas que el consumidor va dejando-entre muchas otras las esbozadas al comienzo- yproceder a confrontarlo. Entendiendo que su conducta evasiva es una forma de pedir auxilio.Es posible que la situación sea clarísima para cualquier persona de fuera; al fin y al cabo los problemas ajenos se ven con mucha facilidad. Pero una cosa es el hijo del vecino y otra el propio hijo que tanto duele.La averiguación sobre el posible consumo se va haciendo sobre la base de las evidencias ciertas que los padres han recogido. Una vez hay una sospecha suficiente, se le presentan los hechos con afecto y firmeza. Y la confrontación deja en claro que los padres están razonablemente seguros de que tales conductas están ocurriendo. Por tanto no se requiere acudir a un tribunal, ni se requieren fotos, ni pruebas de orina. Acto seguido se presenta el plan de una intervención profesional sobre la cual no hay discusión, pues los padres son los que saben que es lo más conveniente para sus hijos.El primer paso para la recuperación ocurre cuando aflora la verdad que solo sale a flote cuando los padres pierden el miedo de confrontar.

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