La ciega admiración al triunfador

La ciega admiración al triunfador

Octubre 11, 2015 - 12:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

En una charla sobre conductas antisociales alguien preguntó: ¿Por qué a los torcidos con poder casi nunca les pasa nada? ¿Por qué por más transgresiones que cometan rara vez les cae el peso de la ley?La conversación giraba alrededor de los sociópatas, esos temibles personajes que no distinguen entre el bien y el mal. Realizan sus actos, siempre dañinos contra los demás en plena conciencia, no respetan las leyes, actúan de una manera fría, hipócrita y desleal y siempre buscan sacar ventaja.Plagan desde lo más íntimo del hogar, hasta los rincones más disímiles de la sociedad. Y abundan en todas las instituciones públicas, privadas, laicas y religiosas en todas las latitudes.Sus transgresiones, hábilmente encubiertas, de aparente lucidez, están protegidas por su capacidad de engaño, por la intimidación, el poder, el dinero, la posición y el oportunismo. Sin inmutarse, hacen daño ante el silencio y la pasividad de todo el mundo. Si el autor del atropello es una persona del común, la gente tiene más “valentía” para denunciarlo, pero si quien lo realiza es “todo un señor”, el silencio es la regla.Dos ejemplos, de entre muchos, son los tiranuelos prepotentes que dominan familias decentes y los manipuladores amorales que hipnotizan a mucha gente.Cuando el de las conductas torcidas es el “mando medio” enquistado en el poder y ha sobrevivido muchas administraciones nadie se mete con él porque le tienen pavor a su infinita capacidad de insidia.La farsa del encubrimiento se acaba tarde o temprano, pues las faltas quedan al descubierto por un mal cálculo en sus conductas antisociales o por las denuncias de hechos aberrantes de quien finalmente decidió hablar. En ese momento, alguno de los allegados un tanto avergonzado, acepta que había notado "cosas" pero que se había callado porque "no estaba seguro".La disculpa es insuficiente pues lo que no les permitió hablar fue su instinto de conservación. Dicho en castellano, miedo. En sus diferentes manifestaciones: a confrontar, a la retaliación, a perder beneficios (económicos, sociales, institucionales), a que los saquen de las “roscas”, a que no los vuelvan a invitar al club de los elegidos, a ir contra la corriente del más fuerte, a no ser diplomáticos, a ser tachados de conflictivos, etcétera.Para los que burlaron la justicia de los hombres creyendo que la muerte los redimiría de sus abusos les espera la justicia divina que, en su momento, se encargará de “sacarle los cueros al sol”. Nadie escapa a ella, ni violadores, ni cómplices.Todos los factores mencionados son importantes para explicar la pregunta expuesta al comienzo, pero hay uno que vale la pena destacar: si el transgresor es “el jefe, el director, el gerente, el dueño, el alto consejero, el ministro, el presidente, el príncipe, o el rey…. de lo que sea”, es decir alguien con influencia, el solo título impone y exige silencio.Lo que tienen en común todos los anteriores es que ostentan poder. Y cuando los juicios se hacen sobre personajes omnipotentes, sus transgresiones se minimizan o ignoran. Es la ciega admiración al triunfador.

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