La ambición suicida

Noviembre 06, 2016 - 12:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

Michael es el ambicioso gerente de una empresa a la cual se dedica con un celo digno de mejores causas; al mismo tiempo presta sus servicios a varias juntas directivas y se pasa la vida metido en un avión. Es también el líder de una familia extendida y trata de resolverle los problemas a cuanto pariente se le arrima. Vive en un “acelere miedoso” al decir de su esposa y sus hijos a quienes, dicho sea de paso, ve poco.El tiempo solo le alcanza “para estar preocupado”. Le toca aguantar las más adversas circunstancias, pero él aparenta estar sobrado de energías para cumplir con todos sus compromisos.No descansa adecuadamente, no duerme bien, se alimenta muy mal, no le queda tiempo para nada grato y mucho menos para cuidar de su salud. No infrecuentemente, lo anterior se adoba con unos cuantos tragos cada noche para relajarse, uno que otro “pasecito” de coca para animarse, un cigarrillito de marihuana para “ponerse chévere” y unas cuantas “canitas al aire” que lo único que logran es exponerlo al chantaje y enredarle más la vida.Las historias terroríficas que le contaban para animarlo a cambiar su sistema de vida, lo tenían sin cuidado. No le impresionaban ni los parientes muertos en excesos parecidos, ni los que tuvieron infartos que superaron; ni sus propias crisis digestivas que, más allá de las molestias, no tuvieron mayor significado; ni sus historias de gripas que se le convirtieron en bronconeumonías. Nada lo conmovía.Un componente infaltable del cuadro descrito había sido la ansiedad crónica, que agravó toda la situación clínica y contribuyó al colapso. Pero como una de las características de este personaje es que tampoco cree en los psiquiatras (“¿Acaso estoy loco?”) nunca aceptó que sus emociones estaban desbordadas, que su angustia salpicaba a todos los que se le arrimaban y que su aceleramiento era una enfermedad, no una virtud. Y él no pudo romper el círculo vicioso: ansiedad, disimulo, depresión, alteraciones orgánicas y más ansiedad.Sus seres queridos más cercanos le advirtieron que ese ritmo lo iba a matar pero él no le creyó a nadie y no atendió ninguno de los llamados. Fiel representante de la Personalidad Tipo A, era el candidato perfecto para un infarto, pues había asumido pretenciosamente que podía con todas las cargas y que las reglas del desgaste no le aplicaban a él.Como la clásica tragedia anunciada, la fragilidad de este supuesto superhombre quedo al descubierto cuando el sufrimiento celular crónico de los diversos sistemas se acumuló y se la cobró de la forma más cruel. No lo mató, ni le ocasionó un infarto. Un derrame cerebral, secundario a una hipertensión mal tratada, lo dejó hemipléjico con una limitación de muy difícil recuperación a escasos días de cumplir sus 50 años.A pesar del esfuerzo que hizo para disimular su enfermedad y presentarla con el disfraz del éxito, su cuerpo no se creyó el cuento y se derrumbó. Para Michael significó parar, a la fuerza, un ritmo suicida y empezar a reflexionar por primera vez, en su ocupadísima vida, sobre la inutilidad de su ambición.

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