El síntoma no es la enfermedad

El síntoma no es la enfermedad

Noviembre 27, 2016 - 12:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

Cuando un paciente presenta un síntoma cualquiera, sea un dolor de cabeza, una molestia digestiva o una incapacidad funcional, la tendencia general es tratar de eliminar el síntoma de la manera más rápida posible. Lo primero que hace el doliente es consultar a su persona de confianza en temas médicos y recibir las recomendaciones que generalmente consisten en algún medicamento de los que se venden libremente. Como lo que interesa es el alivio del síntoma, la averiguación de otras posibles causas no se hace.Si el síntoma no se mejora, el paciente acude a un servicio de urgencia de alguna institución en donde el sistema ofrece una de dos opciones.En el primer escenario aparece el médico atropellado por el síntoma, es decir limitado a la queja principal (lo que realmente el paciente quiere), averigua unas pocas cosas más y, procede a formular un tratamiento con la poca información que tiene a la mano, le da cita de control y….¡siguiente paciente, por favor!Para esa decisión médica el paciente no hubiera necesitado acudir al sistema de salud. Le hubiera bastado utilizar una variante al escenario anterior que es llamar por teléfono a la droguería del barrio y preguntarle al empleado de confianza (como hemos hecho todos en algún domingo gris): “¿Qué me recomienda para este dolor de cabeza?”.El resultado es de una sorprendente eficacia. Ni siquiera hay necesidad de ir a la droguería. El funcionario formula telefónicamente, envía a su residencia el tratamiento con un mensajero-inyectólogo y en un alto porcentaje de los casos se resuelve el problema (que a lo mejor se hubiera aliviado espontáneamente). Un lujo de eficiencia en la prestación del servicio, excepto para los no pocos casos que terminan complicándose.Este escenario es una simplificación exagerada, pues en la realidad hay innumerables variantes representadas en los teguas, la vecina que tiene una solución para cada problema y, por supuesto, los sabios de las estadísticas, los ‘Mr. Google´s’ que posan de especialistas de todo.La variante más oscura es la determinada por las complicaciones, que no pocas veces terminan en el cementerio.En el segundo escenario aparece el paciente frente a un médico que hace unas cuantas preguntas a manera de historia, procede a examinarlo y tiene en cuenta los factores de su entorno. Y cuando aplica, investiga sobre factores emocionales asociados a la aparición del síntoma. Este médico ha dispuesto de suficiente tiempo para escuchar al paciente y no se ha limitado solamente al síntoma. Si es necesario pide exámenes complementarios; integra, asocia, sintetiza, logra una comprensión del caso y llega a un diagnóstico. Informa detalladamente al paciente y a la familia sobre su impresión clínica. Y solo entonces, formula un tratamiento.En resumen, la diferencia entre el médico de verdad y los demás aspirantes a galenos, es que estos últimos se dejan llevar por la apariencia del problema, en cambio el primero entiende el síntoma como una manifestación de una patología, bastante más compleja, que se debe investigar.

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