El silencio destructivo

El silencio destructivo

Agosto 31, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

En los conflictos interpersonales, sea de pareja, familiar o de cualquier otra índole, lo peor es optar por la línea fácil de no confrontar nada. La historia natural de las desavenencias siempre está antecedida de ese enfermizo “caminar sobre cascaritas de huevo”, es decir de un silencio destructivo que sólo se interrumpe por las sutiles “puyas” (comentarios irónicos disimulados) que alimentan los conflictos. Usualmente el deterioro de una relación ha estado presente por mucho tiempo pero ninguna de las dos partes en conflicto lo aceptó abiertamente. Si uno de los dos estaba descontento por algún detalle, enmudeció para “no hacer olas” y asumió equivocadamente que “la paz”, así lograda, era verdadera. Se limitaron, si acaso, a hacerse inculpaciones mutuas utilizando argumentos subjetivos, pobremente sustentados o traídos a colación en los momentos menos propicios. Es decir nunca hubo la oportunidad de una discusión sana. Al ocultar serias diferencias de criterio frente a asuntos fundamentales, se sepultaron los verdaderos temas a discutir y se impidió la solución real de los problemas. Quien ha operado así, por comodidad y por mucho tiempo, ha ocultado negativas circunstancias, ha pasado por alto comportamientos irracionales y ha contribuido con su silencio a generar un desequilibrio en la relación. La supuesta calma que sigue a un arreglo a medias (como el descrito) asegura que al menor pretexto, a la manera del “Florero de Llorente”, se desate la chispa de una nueva versión de los viejos conflictos que siguen sin resolverse. Al no haber logrado una revisión a fondo, lo único que se hizo fue perpetuar los problemas. Las relaciones basadas en el afecto incondicional no eluden los temas conflictivos, sino que los tratan con franqueza, fuerza y profundidad, aceptando la contribución de cada cual en la generación del conflicto. Tal aclaración, no recomendada en lo álgido de una confrontación aguda, lima asperezas, alivia la tensión y remueve obstáculos, al tiempo que el afecto fundamental permanece no solo inalterado sino fortalecido. Pero tal ejercicio, reservado para almas nobles, capaces de actos generosos, no es posible entre personas malignas o rencorosas.La violencia de los comentarios no infrecuentemente es una fachada defensiva. Suele ser el desplazamiento de emociones intolerables o de diferencias que no se han querido aceptar por años y que aprovechan cualquier pretexto para manifestarse. El resentimiento se ha incrementado por el silencio y por la irracionalidad de las reacciones impulsivas de emergencia.Los conflictos se resuelven cuando las partes pueden poner sobre la mesa no sólo los “guardados” de tiempo atrás, sino su corazón. En últimas lo único que importa a la persona bien intencionada atrapada en un conflicto es la certeza de que al romper el silencio, la contraparte será capaz de hablar con total honestidad y pondrá de manifiesto su amor incondicional por ella.

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