El renacer de la esperanza

Julio 10, 2016 - 12:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

Álvaro tuvo un gravísimo accidente en el cual salvó milagrosamente su vida. Nadie entiende como no quedó en silla de ruedas pues había sufrido múltiples fracturas en vértebras, costillas y huesos propios de la cara, además de múltiples magulladuras. Fue exitosamente intervenido hasta el punto que hoy puede caminar sin problemas, pero lleva un año con un dolor inaguantable en las piernas que solamente lo abandona cuando logra conciliar el sueño. Buscando alivio para ese dolor lleva meses perdido en la manigua de los diagnósticos médicos rígidos, los pronósticos sombríos, las estadísticas crueles y los pronunciamientos arrogantes: "En vez de matarse trepando lomas y en esas jornadas extenuantes de gimnasio, agradezca la suerte que tuvo y cambie de actividad”.Las conclusiones médicas lo condujeron al pesimismo y la desesperanza pues lo condenaban a una vida sedentaria que para él equivalía a una tortura. Llega a mi consulta abrumado y al borde de un colapso depresivo. “Si definitivamente no puedo volver a hacer ejercicio, no quiero seguir viviendo”.La intervención de urgencia que fue necesario implementar con este paciente consistió en desnudar sus fantasmas, ayudarle a precisar sus temores, ofrecerle una visión más lógica sobre su situación clínica y poner en un orden razonable las preocupaciones que lo agobiaban.Álvaro logró verbalizar sus miedos y hablar sin temor sobre las cosas importantes que pasaban por su cabeza en ese momento. Lo que le permitió entender que:* Si lograba dormir sin dolor era porque un porcentaje importante de ese síntoma era emocional.* Nadie sabe con certeza absoluta cuál es el destino preciso de una situación clínica, pues en medicina nada es exacto.* Las estadísticas que producen los médicos no son la última verdad.* Debía empezar a cuestionar los pronunciamientos pesimistas de los sabios a los que había consultado.* Si había salvado su vida debía agradecer a sus médicos, pero en adelante podía más bien dedicarse a los aspectos gratos de su vida.Como hasta ese momento nadie se había detenido a considerar la importancia extraordinaria que para este hombre tenía el ejercicio, se decidió hacer mucho énfasis en este aspecto. Se le reconoció que constituía la base de su dignidad personal, su seguridad, su autoestima y su principal ocupación. Pero por encima de todas estas consideraciones, era su pasión fundamental.Contraviniendo todas las órdenes de sus médicos lo autoricé a retomar, con mesura, todas sus actividades físicas, a disfrutar de su vida cancelando visitas a especialistas y las consultas obsesivas a internet. Le sugerí un antidepresivo suave, un cambio en su fisioterapia, y que en vez de gastarle más tiempo a visitar hospitales se fuera de viaje y recuperara sus amigos.Dos semanas después de haber iniciado estas recomendaciones que había cumplido con exactitud, Álvaro experimentó un alivio notable de su dolor y empezó a disfrutar de una tranquilidad sorprendente que no había experimentado desde el día del accidente. La razón era clara, había renacido la esperanza.

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