El negativismo

El negativismo

Septiembre 03, 2017 - 05:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

Armando, 55 años, tiene un buen matrimonio, tres hijos en la universidad y una finca que lo mantiene ocupado la mayor parte del día.

Él, personalmente, no se siente mal pero toda la familia opina que la convivencia, por razón de sus actitudes, se ha vuelto una pesadilla. Simplemente, no se da cuenta que su jovialidad ha sido reemplazada por un negativismo terco que lo infecta todo y del cual no ha sido posible sacarlo.

La esposa decidió buscar ayuda profesional porque estaba desesperada por las conductas y actitudes problemáticas de su cónyuge que se habían ido incrementando especialmente a raíz de la salida de los hijos de la casa.

Las quejas de la esposa, que compartían en privado los hijos y otros allegados, incluían:

*Un pesimismo exagerado.

*Comentarios desagradables sistemáticos al respecto de cualquier tema.

*Énfasis en los aspectos más trágicos y preocupantes de la cotidianidad: el costo de la vida, la devaluación, la reforma tributaria y los impuestos (que siempre había logrado eludir), la inseguridad en las calles, las enfermedades de conocidos y las muertes y los accidentes de desconocidos.

*Obsesión por la situación del país que lo estimulaba a escuchar continuamente noticieros que lo irritaban.

*Conclusiones apocalípticas al respecto de todo. Del periódico hacía propias la tragedia de Venezuela, el riesgo del comunismo, la corrupción y el calentamiento global entre muchas más.

*Cada tema servía el propósito de agobiar propios y extraños, todo lo sentía amenazante y no dormía pensando en las consecuencias de tales situaciones.

La esposa se llenó de valor y lo convenció de ir a consulta. Una sola entrevista permitió confirmar otros síntomas que tipificaban una depresión clínica severa de mucho tiempo atrás: tristeza, apatía, desánimo, ineficiencia en el trabajo, pérdida de interés y placer, alteración en el juicio de la realidad y conclusiones irracionales sobre asuntos menores. Todos estos aspectos habían estado disimulados por su actitud hipercrítica para la cual siempre tenía una explicación lógica.

Armando aceptó que si bien era cierto que se sentía mal ello se debía a la sombría situación nacional y mundial; lo cual permitió aclararle dos aspectos fundamentales:

Que todo lo que refería, si bien podía ser cierto, no justificaba que se lo tomara tan personalmente. Y que el hecho de que no se le ocurriera nada grato ni positivo en su vida, reforzaba la idea de que estaba deprimido.

Sólo así aceptó (a regañadientes) el diagnóstico y una prueba terapéutica con antidepresivos.

Tres semanas después regresó a control con menos quejas. Pero si bien la esposa informó una mejoría notable en su estado de ánimo, para él las cosas seguían más o menos igual, pues no podía ver con claridad lo que todos sus allegados estaban observando: que ya no se enganchaba con tanta insistencia en los aspectos más sombríos de su vida cotidiana.

Lo que le había ocurrido es que se había acostumbrado a llevar puesta una máscara tóxica que le permitía ignorar aspectos más profundos, y por lo tanto más dolorosos, que tenían que ver con su carácter depresivo.

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