El enigma del suicidio.

El enigma del suicidio

Octubre 15, 2017 - 05:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

El suicidio es una fuente inagotable de dolor para los familiares y allegados que sobreviven al suicida. Además es un grave problema de salud pública y un verdadero rompecabezas para los profesionales del comportamiento humano que son consultados especialmente antes, pero también después del evento fatal. Por la mente del suicida pasan un sinfín de ideas que pueden ser producto de una o varias de las siguientes circunstancias:

*Un estado depresivo manifestado por tristeza, pesimismo, pérdida del interés y placer en las actividades diarias.

*Cambios súbitos que oscilan entre una gran tristeza y una gran alegría. (Lo que podría corresponder a un trastorno bipolar.)

*Una evasividad progresiva en la cual la persona se va volviendo cada vez más impenetrable, aislada, desinteresada y silenciosa y se va a distanciando hasta de sus amistades y familiares más cercanos.

*Un estado de desesperanza en el cual la persona siente que su vida carece de sentido.

*Una fascinación o preocupación obsesiva con la idea de la muerte o las ideas de autodestrucción.

*Unos sentimientos irracionales de culpa.

*Un estado desesperado de cualquier naturaleza.

*Un estado de angustia severo.

*Unas alucinaciones auditivas que le ordenan a la persona quitarse la vida (Seguramente como parte de un proceso psicótico).

*Una sensación de estar atrapado en una "sin salida" personal, médica, familiar, legal, social, económica o de cualquier otra naturaleza.

*A lo anterior se agrega la ingesta de alcohol u otras drogas en cantidades suficientes para alterar el estado de conciencia y los mecanismos de control del individuo.

En tales circunstancias emocionales, las posibilidades de quitarse la vida aumentan considerablemente. La complejísima trama de pensamientos que cruzan la cabeza de un suicida antes de cometer el acto fatal es infinita y extraordinariamente difícil de dilucidar, predecir y prevenir. Entre otras razones porque el verdadero suicida, el que está dispuesto a quitarse la vida, se cuida mucho de no revelar sus intenciones, pues no quiere que nadie se interponga en su decisión de matarse. Y en el caso de que lo confiese, difícilmente será convencido de cambiar sus planes.

Por tanto es una ligereza, un simplismo irresponsable, el sindicar a una persona o circunstancia, como la causa única o principal de un suicidio. Pues nadie se suicida simplemente porque está frustrado, ni porque lo hayan echado del trabajo, ni porque le hayan hecho exigencias académicas demasiado fuertes. Siempre hay otros componentes: biológicos (genéticos), caracterológicos, emocionales o circunstanciales que se confabulan y se suman para producir el desenlace fatal. Así se le haya insistido, sin éxito, en que debía buscar ayuda o hablar sobre lo que estaba experimentando.

Lo que siente el que queda a cargo de enterrar su muerto, es una mezcla de dolor psicológico, tristeza, estupor, confusión y sentimientos de culpa. Sumado a un sentimiento inconfesable de rabia hacia el suicida, que le hace preguntarse: “¿Por qué me hizo esto?”

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