Después de la depresión

Julio 09, 2017 - 06:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

Quién nunca ha sufrido una depresión no puede entender lo que ese estado significa. Al deprimido se le hacen comentarios sociales de apoyo, se le “reconoce” el problema; pero si no se mejora rápido, la gente se irrita y se aleja. El discurso se torna muy aburridor. Y su propia familia se lo aguanta, pero más temprano que tarde también se satura por la falta de mejoría.
Comentarios que destacan la ignorancia sobre el particular incluyen el clásico: “Ponga de su parte”, o “¿Deprimida (o)?, si usted lo tiene todo” o “Ya es hora de mejorarse”. Como si la mejoría de su cuadro clínico estuviera en manos del enfermo.
Lo que ocurre es que el deprimido no puede trasmitir la gravedad de lo que le pasa y por tanto tiene dificultades para convencer a los demás de lo que está viviendo. La enfermedad le merma sus capacidades mentales superiores, lo incapacita para defender sus derechos y lo mantiene arrinconado en silencio.
Sólo cuando el temporal devastador de un cuadro depresivo ha pasado, el enfermo está en capacidad de trasmitir a los demás, con claridad y convicción, el significado de lo vivido:

•”Se me quitaron las ganas de todo... me aislé… hablar con la gente me atemorizaba... creía que tenía algo incurable y muchas veces pensé que me iba a morir... ahora veo que era una enfermedad incapacitante pero no mortal.”
• “Nadie creía en la gravedad de mi cuadro clínico.”
• “Me la pasaba pensando boberías las 24 horas del día. Pero no entendía lo que me estaba pasando.”
• “Estaba convencido/a que merecía un castigo por algo que había hecho”.
• “Me recomendaban que cambiara de actitud pero no podía trasmitirles que eso era imposible. Lo peor es que yo sabía que estaba muy mal, pero mis palabras no trasmitían lo que realmente estaba viviendo.”
• ”Como no mejoraba rápidamente, toda mi familia se cansó de mí. Nunca me lo dijeron, pero yo sabía que ya nadie quería escuchar mis lamentos. Y si lo hacían era por darme gusto, no porque me creyeran de verdad”.
• ”Todo me daba miedo, todo lo veía negro. Las cosas más sencillas me costaban un trabajo enorme”.
• “Lo único que deseaba era morirme... y ni siquiera eso podía contarle a mis seres queridos, pues no quería preocuparlos más”.
•“Ahora que estoy bien me parece increíble haber pasado por ese infierno”.

Al paciente deprimido hay que creerle cuando dice que se siente muy mal, así lleve mucho tiempo con los síntomas. Una manera de ayudar a estos enfermos es la comprensión de sus seres queridos en el sentido de entender que sus quejas no son el producto de la hipocondriasis, ni la falta de voluntad, ni la debilidad del carácter. Y que sus síntomas son la manifestación de una enfermedad médica real que tiene un tratamiento con indicaciones muy precisas y excelentes resultados.
En vez de entablar discusiones sin sentido con el enfermo sobre la conveniencia de levantarse de la cama, dejar de quejarse o hacer algo productivo, lo que el allegado al enfermo puede hacer es llevarlo a tratamiento. Y entender que a veces la mejoría se demora más de lo imaginado, pero siempre llega.

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