Atados a nuestros enemigos

Atados a nuestros enemigos

Mayo 29, 2016 - 12:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

Hace un tiempo me escribió un lector y en uno de sus apartes decía: “Quizá por el entusiasmo con el que devoré cada párrafo de Los Tiranos del Alma, no me quedó claro en qué categoría se ubicaban esos seres que llevan su generosidad a extremos desmesurados, hasta el punto de sacrificar su bienestar y su salud para satisfacer las necesidades de otros; seres que nada tienen para sí y todo lo suyo es para los demás, aun cuando los demás los exploten, los utilicen y abusen de su excesiva largueza y aparente comprensión y tolerancia con las debilidades del prójimo; seres cuyo único motivo de orgullo -siempre inconfesado y oculto - es ser indispensables y necesarios para quienes reciben sus dádivas (algunos, verdaderos parásitos y vividores)”.Valga la oportunidad para intentar una explicación para esta conducta, pues se trata de una situación común que está respaldada por innumerables observaciones en el trabajo clínico, la vida cotidiana y por supuesto la literatura. Un ejemplo muy ilustrativo es ‘La herencia de Eszter’, de Sandor Marai, una joyita literaria y un tratado psicológico sobre la forma como “estamos atados a nuestros enemigos, y como ellos tampoco pueden escapar de nosotros”.La generosidad excesiva (muy cercana a la ingenuidad patológica) lleva implícita la necesidad de sacrificarse por otras personas más allá de toda razón lógica. Condición misteriosa a la que le cabrían alguna de las siguientes explicaciones:*Una necesidad de controlar destructivos sentimientos de culpa.*Una conciencia arcaica y cruel que aplasta la autoestima y convence a la persona que nada es mejor que el sometimiento. La convierte en víctima y la va llevando a la falsa certeza de que la única forma de sentirse bien es entregándose al servicio de quien la explota, indiscriminadamente. Gracias a estos comportamientos logra mantener a raya sus culpas.*Una acción “reparativa”. Acto inconsciente por medio del cual la persona expresa con sus comportamientos lo contrario de lo que verdaderamente está sintiendo. Por ejemplo, si los sentimientos que tiene son de rabia o rechazo, sus conductas manifiestan simpatía y dulzura exageradas. (Por lo anotado, es prudente desconfiar de un zalamero).*Una necesidad de ser amado y de lucir como bueno ante los demás. Tal posición oculta la verdadera motivación que es la espera de la retribución, es decir la ganancia secundaria: “Si yo soy generoso, algo me darán”. (Por lo anterior se puede concluir que la generosidad excesiva no es muy genuina).Una de las desgracias de los excesivamente generosos es que resultan altamente atractivos para los egoístas que tienen un olfato extraordinario para identificar sus víctimas, seducirlas, conquistarlas y ponerlas a su servicio. Estableciéndose así una relación simbiótica donde el ingenuo-excesivamente generoso-necesita ser maltratado, mientras el calculador insensible saca provecho de la debilidad del otro.Hombres y mujeres, por igual, son víctimas de la situación descrita. Si se observa con atención, cada lector identificará un caso parecido en su entorno.

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