Un día que pone a pensar

Julio 17, 2015 - 12:00 a.m. Por: Carlina Toledo Patterson

El pasado 21 de junio se celebró el primer día internacional del Yoga. Este fue decretado por la Organización de las Naciones Unidas, solicitado por el Primer Ministro Indio Sri Nadendra Mori y apoyado por 177 naciones. Algunos en su país natal criticaron a Nadendra por tratar de imponer sus creencias hindúes no solo en India, sino en el mundo entero; otros lo vieron como un golpe bajo al Primer Ministro de Pakistán, Nawaz Sharif, por su belicosidad y hay quienes lo tomaron como una manera de Nadendra darse visibilidad en la lucha contra el terrorismo. Válido todo lo anterior y claramente todo político obra con agendas propias, pero el trasfondo del tema va mucho más allá.Los argumentos de Nadendra ante la ONU se centraron en los beneficios de esta práctica ancestral y la manera como ellos, al ser permeados en el mundo, podrían llevar a que no sólo haya menos conflicto, sino que haya un sincero compromiso con la preservación del medio ambiente y que seamos en general personas más compasivas y justas. Se preguntarán muchos cómo a punta de estirar, respirar y decir OMM se puede lograr lo anterior. Pues, se logra.Etimológicamente yoga significa unión. Puede ser unión con un ser supremo, unión con la naturaleza, unión con el universo… finalmente eso lo define cada ser humano en el entorno de su práctica y sus creencias. En ese orden de ideas, el yoga es una disciplina espiritual a través de la cual -con trabajo físico- se logra un estado mental de control de cuerpo y alma y una mayor conciencia. Sé que lo anterior suena distinto y algo esotérico. Lo es, pero para quienes requieren sustentos científicos para validar este tipo de cosas, también hay argumentos a favor del yoga y provienen nada más y nada menos que de una neurocientífica de la Universidad de Harvard.Todo comenzó cuando Sara Lazar estaba entrenando para la maratón de Boston y descubrió el yoga como una forma de terapia física. En el proceso comenzó a notar lo poderosa que estaba siendo la experiencia en el plano mental y decidió cambiar de enfoque su PhD de biología molecular al estudio neurocientífico del yoga y la meditación. Los resultados de su investigación fueron contundentes: Encontró que quienes han hecho de estas prácticas una parte de su vida por un periodo largo de tiempo, “tienen un significativo aumento de materia gris en la ínsula y las regiones sensoriales, y también en los córtex auditivo y sensorial. De igual manera había más materia gris en el córtex frontal, lo cual está relacionado con memoria y la toma de decisiones ejecutivas”.Después de tan solo ocho semanas de estudio, se encontraron diferencias en el volumen cerebral en cinco regiones del cerebro: “La corteza cingulada posterior, que está relacionada con concentración y conciencia propia; el hipocampo izquierdo, que asiste en aprendizaje, habilidades cognitivas, memoria y control de emociones; la unión temporoparietal (TPJ) que está asociada con perspectiva, empatía y compasión; el pons, donde se producen los neurotransmisores regulatorios y la amygdala, que es importante en el control de la ansiedad, los temores y el estrés en general”.De manera que ahí lo tienen. Razones de fondo para pensar en una práctica generalizada de yoga que ojalá trascendiera hasta llegar a colegios, universidades y sitios de trabajo. Nadendra tiene razón en el espíritu de su propuesta. Crea personas más centradas, compasivas y controladas en sus emociones y mucha falta le está haciendo a este mundo más seres humanos así.

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