Somos también monstruos

Diciembre 23, 2016 - 12:00 a.m. Por: Carlina Toledo Patterson

Por muchas razones este fin de año ha sido particularmente duro en el mundo noticioso. Hemos sido testigos de muchos momentos violentos que ojalá no se repitieran. No obstante, es claro que se han abierto algunos espacios importantes de reflexión para aquellas personas que vivimos, de una u otra manera, inmersas en el día a día de las comunicaciones. La primera de ellas es preguntarnos, ¿por qué escogimos hacer lo que hacemos? Porque claramente de allí parten muchas de las respuestas.Todavía me cuesta mucho trabajo entender por qué los directivos y editores de un medio de comunicación -sea audiovisual, digital o impreso- decidieron por ejemplo publicar el asesinato en vivo y en directo del embajador de Rusia en Turquía. Qué momento más macabro y a la vez privado, el cual han podido informar de una manera muy distinta. El occiso y su familia son seres humanos y como tal merecen respeto. Evidentemente hay una noticia que comunicar, pero bastaba una foto o una imagen digna del embajador y de ahí en adelante la historia de lo sucedido y el análisis de las implicaciones. Punto. Pero el momento a momento, la zozobra, el pánico y la confusión, sobraban. Al mostrarlo, no aportaron sino morbo y demostraron que de integridad y profundidad en el ejercicio de su carrera, poco.Lo mismo han demostrado todos los medios de comunicación en Colombia quienes convirtieron el secuestro, violación y asesinato de la niña Yuliana Samboní en un CSI criollo. El paso a paso de los hechos es relevante únicamente para la Fiscalía y Medicina Legal. A la audiencia sólo debiera importarnos la víctima, su familia y que las autoridades hagan lo que deben hacer. Ni los medios, ni la audiencia somos fiscales. En estos hechos, que en últimas son la epítome de la violencia, por encima del hecho noticioso debemos poner a las personas. Su dignidad, los sentimientos de familiares, el dolor que viven y el respeto que todo lo anterior les merece. Debemos hacer prevalecer también la misión de construir sociedad que como periodistas tenemos, porque claramente no nos pusieron en este mundo, con nuestras experticias, para desconstruir. Además, hay algo fundamental que debemos siempre recordar: la violencia es como una epidemia. Es totalmente contagiosa, y en la medida en que publiquemos hechos de violencia sin el debido filtro, estamos removiendo las barreras éticas y morales de los hechos y exponiendo a una población desalmada a algo que considerarán ‘normal’. Gary Slutkin, epidemiólogo de la violencia considera que “la violencia, como las enfermedades infecciosas, se transmite de persona a persona, de barrio a barrio, de comunidad a comunidad y así hasta abarcar a toda la sociedad”. En este orden de ideas, los periodistas estamos simplemente contribuyendo a exacerbar ese contagio.En conclusión, para mi es claro que las facultades de comunicación social y periodismo tienen que empezar a sacudirse y analizar qué tipo de profesionales están educando. Porque en general, de lo que yo veo allá afuera hoy en día, pocos periodistas se salvan del morbo y la bajeza en la manera de comunicar las noticias. Por otra parte también me pregunto ¿Quiénes son líderes en los medios de comunicación tienen un sentido claro de lo correcto y lo incorrecto? O el afán de producir plata y de protagonizar definitivamente los ha enceguecido del todo? Frente a hechos impensables, pareciera que nos volvimos también monstruos que perdimos la cordura, la sensibilidad y la conciencia.Sigue en Twitter @CarlinaToledoP

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