¡Qué triste Sonata!

¡Qué triste Sonata!

Abril 15, 2011 - 12:00 a.m. Por: Carlina Toledo Patterson

Por esas extrañas coincidencias que tiene la vida, mientras Hernando Lucumí asesinaba de manera brutal a su compañera Rubiela Díaz en un bus del MÍO, yo recorría las páginas de La Sonata de Kreutzer de León Tolstoi. La obra, un breviario sobre el desamor, plantea cómo la pasión de los celos puede llevar a una persona hasta la locura extrema de matar.El protagonista se llama Posdnichev. Él -tal como Lucumí- asesina a su mujer de una puñalada. En la obra describe cómo su relación fue cayendo en la monotonía y la falta de respeto hasta el punto en que lo único que parecía unirlos eran las pasionales reconciliaciones. Posdnichev alimentó hacia su esposa un odio visceral sobre la base de la desconfianza, lo cual posteriormente se convertiría en excusa para el cruento desenlace, uno claramente premeditado. Así como debió ser el final de Rubiela.Es difícil concebir que un ser humano, quien sintió por otro algún grado de amor, pueda mirarlo a los ojos, clavarle un puñal en el costado, luego dar una media vuelta e irse a emprender su nueva vida sin el menor resquemor. Inevitablemente uno se pregunta ¿por qué no cortaron el ciclo de desamor a tiempo? Es, ciertamente, una pregunta de difícil respuesta. A nivel mundial hay un vacío en la educación temprana de los hombres, a quienes es necesario instruir desde que nacen acerca del respeto que deben profesar hacia la mujer. Recuerdo la interesante conclusión al respecto de una trabajadora social sudafricana en su libro titulado ‘Why do I scream to God for the rape of babies’ (Por qué grito a Dios por la violación de bebés). Ella considera que somos las madres en parte responsables de la situación de nuestro género por no dedicarnos a formar hombres que nos vean como semejantes y, por lo tanto, no manipulables, no controlables, ni maltratables tanto física como emocionalmente. Es evidente que si no los educamos nosotras, nadie más lo hará. Los resultados de la última Encuesta Nacional de Demografía y Salud (Endes) también demuestran una cruda realidad: nada más en el Valle el índice de agresión física a mujeres de todos los estratos es de 42%, y el 74% está sometida a algún tipo de control por parte de su pareja. Lo alarmante es que son índices que van en vertiginoso aumento al compararse con los resultados de la encuesta de 2005. Infortunadamente no existe una política pública coherente y contundente al respecto, aunque sí hay legislación (la Ley 1257 de 2008) y tenemos la Convención de Derechos de la Mujer de la ONU en la cual se reconoce que “la violencia contra la mujer constituye un obstáculo para el logro de la igualdad, el desarrollo y la paz”.En segundo lugar está la increíble falta de autoestima de la mujer a nivel mundial. Es inconcebible que tantas crean que deben sujetarse a vejámenes como empujones, puños, patadas, maltrato verbal y/o control, porque no se creen capaces de vivir o subsistir solas. La Endes demuestra que es un común denominador en todos los estratos, así que no es un problema de educación o falta de cultura. Es sencillamente falta de amor propio. Tolstoi dice en su Sonata que “amar a una persona toda la vida es como si se dijera que una vela puede arder eternamente”. Las sonatas, como los amores, también se acaban. Ojalá las mujeres tengan suficiente inteligencia emocional para decir “no más” cuando eso suceda, porque ninguna vida merece terminar por esa falta de valor en medio de un charco de sangre.

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