Odioso mesianismo

Marzo 16, 2012 - 12:00 a.m. Por: Carlina Toledo Patterson

Visto desde cualquier ángulo, la situación por la que está pasando Bogotá tiene sus visos de caos. Es gravísima la huella que está dejando en la esperanza de los bogotanos y observando los toros desde la barrera, es inevitable agradecer la dinámica positiva que vive Cali. Sin embargo, lo que sucede en la capital no es atribuible en su totalidad a Gustavo Petro y a la manera como ha escogido priorizar los temas de ciudad. Es ciertamente un cúmulo de adversidades predecibles que venían de años atrás y que ha podido pasarle a Peñalosa, Parody, Luna o Galán.En este contexto es indispensable no perder de vista –y ojalá Petro tampoco lo haga- lo que significó su elección en términos de reintegración, de reconciliación y de los bogotanos darse la oportunidad de ver más allá de ideologías y posturas políticas para dar paso a la primacía de los intereses generales. Petro lleva, pues, a cuestas una doble responsabilidad, lo cual no le hubiera sucedido a ninguno de sus contendores.En la historia de las dos ciudades hay algunas coincidencias. En Cali duramos los últimos cuatro años en un proceso relativamente similar al que vive Bogotá y podría decirse que es mucho lo construido. En ese orden de ideas, así como en Bogotá lo malo no es del todo atribuible a Petro, aquí todo lo bueno no es gracias a una gestión de tres meses de Rodrigo Guerrero. Por ello el mesianismo que transmiten algunos de sus funcionarios en privado y en público se ha vuelto antipático. Con la elección de Jorge Iván Ospina –aún teniendo en cuenta que fue espuria debido a su alianza desesperada con Juan Carlos Martínez- superamos de cierta manera los temas de sectarismo ideológico y de reconciliación social. Él, al igual que Petro, es un hombre de izquierda y tampoco hacía parte de nuestra elite que acostumbraba mirar con desdén a quienes afirmaran su afinidad y empatía con habitantes de Aguablanca y otros sectores de características similares. El anterior Alcalde se dio algunas pelas políticas y logró dejar cosas importantes sobre las cuales construir: un nuevo sentido de pertenencia hacia la ciudad, obras de infraestructura fundamentales para el bienestar de la población, y un enfoque importante en educación. Los cuestionamientos sobre su manejo de recursos públicos es un tema que deberán resolver los respectivos estamentos judiciales. Pero al pan, pan y al vino, vino.Indudablemente la impronta de Rodrigo Guerrero ya se siente en la ciudad. Es un estilo que imprime confianza –aunque en lo personal me sorprendieron desfavorablemente varios nombramientos-, responsable, coherente con las necesidades, con un clarísimo enfoque hacia el bien común y sin lugar a dudas, transparente y ético. Ospina, por ser al comienzo timorato y desconfiado, permitió que surgieran serios baches en su credibilidad. La demora de más de un año en empezar a gestionar y a mostrar resultados se la han cobrado cara. No obstante, el clima favorable actual no es razón para demeritar importantes logros anteriores. Tengo la plena certeza que Rodrigo Guerrero jamás buscaría posicionarse sobre la base de las desgracias y desaciertos de su predecesor. En primer lugar porque no es su manera de proceder y también porque es consciente de estar sembrando en terreno abonado. De manera que es hora de detener ese odioso mesianismo porque desdice mucho de quienes le rodean.

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