La muerte lleva a pensar cosas

Octubre 09, 2015 - 12:00 a.m. Por: Carlina Toledo Patterson

Gente muere todos los días. Algunas de esas muertes nos duelen, otras serán solo cifras. Sin embargo solo una vez en la vida muere la mamá. Esa muerte no duele. Esa muerte produce la más profunda desolación, soledad y sensación de vulnerabilidad. De repente la persona que lo puso a uno en este mundo ya no está y eso no se siente bien.Lo que es claro es que la muerte de un ser querido cuyo proceso se vivió tan de cerca, pone a pensar. Por ejemplo, ¿será mejor una muerte súbita o una agonía que se extiende por meses o años? Personalmente agradezco la oportunidad que tuvimos de saber que por causa de una implacable enfermedad, la muerte siempre estaba cerca. Tuvimos ocho años de fragmentos de tiempo que hoy son joyas. Y si, fueron fragmentos porque eso era lo que permitía la distancia. Gonzalo Gallo me ayudó a aceptar que el proceso era de ella, no mío, que por eso no debía tener sentimientos de culpa, ni remordimientos por vivir lejos. Mi deber era darle lo que yo podía y eran momentos invaluables. Que ella sufrió, sí. Muchísimo. Eso sí duele, porque sabemos que asumió la parte médica concomitante a la enfermedad por el deseo de tener más tiempo con sus hijos. No soltó hasta que le dijimos que se fuera tranquila. Que íbamos a estar bien. La otra pregunta que surge es, ¿si estoy en esa situación, cómo asumiría mi enfermedad? Por tener un poco más de tiempo, ¿me someto a tratamientos como un ratón de laboratorio, con médicos ensayando mezclas conmigo sin importarles en lo más mínimo mi calidad de vida? ¿O me dejo ir acorde con el ritmo de la enfermedad? Pienso que en últimas son los hijos quienes motivan la decisión: ¿qué tan grandes están, qué tanta dependencia existe todavía, qué tanto se es capaz de soltar? Decisión difícil esa y la verdad es que todavía no tengo mi propia respuesta.Un tema fundamental es cómo y dónde quiere la persona morir. El libro que nos dio luces fue Being Mortal de Atul Gawande. Allí el elemento clave es que la decisión es de quien está viviendo su proceso. En nuestro caso, la solicitud fue: nada de hospitales, ni de estar conectada a cables que dieran vida artificial. Rogó para que no permitiéramos que sufriera dolores. Así fue. Tuvimos despedida a su manera, con platos y manteles de color lila, un discurso pleno de su alegría de vivir y risas, rodeada de hijos, hermanas, nietos y su compañero de vida. La complacimos en todo y murió plácida, cuando ya el cáncer colapsó su cuerpo. Le dimos el último beso con la tranquilidad de saber que a ninguno se nos quedó nada por decir, ni hacer.El cierre del ciclo será a su manera, como debe ser. Sus partículas ya vuelan donde ella quería: en Glacier National Park y en las costas rocosas de California. Navegarán pronto en las aguas de la Florida y aquí en Cali, serán parte de la tierra fértil que dé vida a un árbol en el jardín de la casa de sus nietos. La ceremonia de vida será como ella: una mezcla espiritual ecléctica. Bajo el rincón wayú volarán las mariposas monarca y al son de su música celta sus nietos leerán y cantarán. Las palabras del Padre Bernardo, quien nos ha acompañado en las buenas y en las malas, le darán paso a esa otra habitación donde sabemos que está.La muerte de un ser querido se siente y se llora en oleadas. La gran lección es que en últimas, en el proceso del antes, el durante y el después, hay que permitir que prime la voluntad de la persona que se va. Es su proceso.

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