La mejor venganza

La mejor venganza

Diciembre 18, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlina Toledo Patterson

En India, hacia 1923, la sociedad musulmana de la época desincentivaba que sus mujeres estudiaran y escogieran profesiones occidentales. No obstante, Mohammed Ali Jinnah, quien posteriormente sería el fundador de Pakistán, permitió que su hermana Fátima estudiara -y además ejerciera- la odontología. Jinnah también dijo en alguna ocasión que “ninguna lucha puede tener éxito si las mujeres no participan en ella junto a los hombres. Hay dos poderes en el mundo: uno es la espada, otro es la pluma. Pero hay un tercer poder más fuerte que los dos, el de las mujeres”.Aunque ese era el espíritu del fundador, en Pakistán con el paso del tiempo las leyes islámicas redujeron el valor del testimonio de una mujer a la mitad del de un hombre. Se encarcela a mujeres violadas sobre el supuesto de adulterio, porque no pueden presentar a cuatro hombres que ratifiquen el delito; las mujeres no pueden abrir cuenta bancaria sin el permiso de un hombre; mucho menos caminar por una calle sola y se llegó al punto de prohibir que las niñas asistieran al colegio. Algunos días se relajan en la aplicación de unas leyes, otros días en otras, pero el común denominador es el extremismo y la fragilidad en los derechos.La lucha de Malala Yousafzai la conocemos. A ella su padre le enseñó desde pequeña que “la vida no es solo aspirar oxígeno y emitir dióxido de carbono” y con tal de poder tener un libro en sus manos y un profesor frente a ella compartiendo su conocimiento, su vida era plena. Con el acompañamiento y la guía de su padre, visibilizó la precariedad de la educación y concomitante a ello, la fragilidad de los derechos de los niños y las mujeres en el mundo islámico de Pakistán. Este año recibió el Nobel de Paz.Desde el martes Malala y su familia lloran. Igual a como lo hacemos todos quienes hemos visto imagen tras imagen y leído palabra tras palabra de esa gran tragedia que fue la masacre en la Escuela Pública del Ejército de Peshawar en Pakistán. Que unas bestias como lo son cada uno de los talibanes, sean capaces de entrar en un colegio lleno de niños disparando y explotándose a ellos mismos, se sale de toda entendedera.En la autobiografía que escribió hace algunos años, después de haber recibido en la cara varios tiros disparados por militantes de ese grupo terrorista, Malala afirma que ellos destruyeron los valores pashtunes y los del Islam. Personalmente leo y releo el Corán y no logro comprender de dónde salió este engendro que profesa preservar las raíces y las costumbres que enseñó Mahoma a los suyos. Lo que sí es muy claro es que con el asesinato de 132 niños, y 16 profesores en ese colegio el martes pasado, los talibanes buscaron destruir todos los ideales que representa Malala Yousafzai y con ello herir en sus entrañas a toda la comunidad internacional por haber celebrado su Nobel de Paz.Cada uno de esos niños asesinados tenía en sus suéteres verdes un prendedor que decía “me levantaré y brillaré”. Ellos perdieron la oportunidad de seguir brillando. Sin embargo, la fuerza de la educación como motor de cambio es inmensa y ya ronda en el hashtag #Peshawarattack el siguiente tweet: “La mejor venganza sería secuestrar a los hijos de los Talibanes, invertir en su futuro, darles una educación de talla mundial, iluminar sus mentes, convertirlos en miembros honorables de la sociedad para que un día regresen donde sus padres, los miren a los ojos y les digan, me avergüenzo que su sangre corra por mis venas”.

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