Con fiebre de 42

Julio 09, 2010 - 12:00 a.m. Por: Carlina Toledo Patterson

De una manera desprevenida he recaído nuevamente en la más deliciosa de las adicciones. En la última semana batí mi propio récord y mis ojos han recorrido las más de 2.500 páginas de cuatro libros que he leído en su mayoría en horas de la noche, simplemente porque debo salir a trabajar por las mañanas. De lo contrario, lo más probable es que no me hubiera movido de mi sillón favorito quién sabe por cuánto tiempo. Afortunadamente se atravesó un puente y gracias a él logré devorarme en un día las páginas del último libro de la Saga y a regañadientes he logrado despegarme de ellos físicamente, aunque mentalmente sigo en Forks, en el estado de Washington, en medio de una familia de vampiros vegetarianos.Evidentemente no estoy con fiebre de 42 grados por un clásico de la literatura como ‘Don Quijote de la Mancha’ (aunque sí estoy casi tan desapegada de la realidad como él), ni tampoco por una profunda historia de la Guerra Civil Española o un ensayo analítico sobre la influencia de los judíos en la cultura occidental. No, esta serie que me tiene con locura se podría equiparar más bien a las obras de Danielle Steele, esa autora de romances baratos que se compran en los aeropuertos y que se leen en una sentada porque no hay que pensar, ni profundizar en nada. No obstante, la Saga escrita por Stephanie Meier compuesta por Crepúsculo, Luna Nueva, Eclipse y Amanecer (las tres primeras ya convertidas en películas), tiene un ingrediente que va un poco más allá de las novelas de romance y es un no sé qué que hace sentir millones de mariposas en el estómago, factor que no tienen las insulsas novelas de Steele.Lo más fácil sería pensar que el no sé qué es por ver en una pantalla gigante a Robert Pattinson quien con su belleza dolorosamente deslumbrante encarna el personaje de Edward Cullen, el protagonista. Sí, no hay que negar que deleitar el ojo por un rato con semejante belleza, es un verdadero placer. Pero lo que produce esta adicción es la historia de amor. Sí, la historia de un amor irracional e inexplicable que devora el alma de dos personas -Bella (la humana medio ermitaña) y Edward (el vampiro vegetariano)-, quienes después de admitir sus sentimientos declaran que la vida de cada uno no tiene sentido sin el otro. ¿Qué puede ser más romántico que eso? ¡Y con qué palabras se lo dicen!Aún en medio del desenfreno, este amor se construye sobre la base de la honestidad, la verdad, la transparencia y terminan teniendo una relación de compañeros que produce verdadera envidia. Sus principios -sobre todo los de Edward- son fuertes y están más que arraigados en su comportamiento diario. Tienen tentaciones -claro- pero por más dolor que les cause no ceder, se resisten a ellas y son la muestra fehaciente de cómo las tentaciones son algo en lo que se decide o no caer y dan fe de cómo siempre existe la opción de decir que no.Han sido días deliciosos en medio de bosques, un intenso frío y eternas lloviznas, y las he compartido con vampiros buenos y vampiros malos, hombres lobo, una tribu indígena y uno que otro humano de verdad-verdad. Cuando se vive esa magia que sólo logran transmitir las páginas impresas de los libros, me es difícil comprender que los colombianos sólo leen en promedio dos libros por año. Yo sí vivo feliz con mis frecuentes fiebres de 42 porque además de transportarme a otro mundo, también contribuyo a subir ese vergonzoso promedio.

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