Brisas y huracanes

Diciembre 23, 2011 - 12:00 a.m. Por: Carlina Toledo Patterson

Hace cuatro años cuando recibí la invitación de este periódico para comenzar a colaborar como columnista, una de las primeras cosas que me solicitaron fue darle un nombre al espacio quincenal de 3.400 caracteres con el cual contaría. Claramente esto se constituyó en un reto mucho mayor que la escogencia de temas porque en un país como el nuestro en el cual las noticias son constantes, impactantes y a veces insólitas, eso es lo fácil.El problema con el nombre de mi espacio es que debía reflejar algo de mi esencia como ser humano, de la manera como pienso y de lo que busco reflejar y aportar como periodista a través de lo que escribo. Lo consideraba como una manera de decirles a los lectores quién soy yo y eso es algo que a todos se nos dificulta. Después de algunos meses de salir debajo de un avisito que decía Actualidad como lo dicen en El País todas las columnas de quienes no han escogido nombre, sentí que era un imperativo tomar la decisión y allí comenzó una seria discusión conmigo misma.En el proceso interno surgieron personas que de una u otra manera han dejado huella; libros leídos y grabados en el corazón; lugares visitados de la mano de seres humanos especiales; mis amadas operas y obras de arte cuyas imágenes tallaron una impronta en la retina y el alma.Emergió entonces una pequeña escultura de dos amantes -Zephyrus y Flora- hecha en 1799 por el francés Claude Clodion y que hace parte del Frick Collection en Nueva York. Es una obra que mide escasos 52.7 centímetros, está hecha en mármol y como mucho del trabajo de Clodion, evoca temas mitológicos con figuras sensuales y maliciosas.Zephyrus es un travieso dios de la mitología griega que representa los vientos suaves y frescos del oeste. También es el dios de la primavera, esposo de Khloris (Flora) y padre de Karpos (Fruta). En ese sentido, esa parejita, envuelta en su sensual abrazo transmite aquello que como periodista quiero que sea mi aporte: vientos suaves, frutos, primavera entre un halo malicioso e imprevisto.Evidentemente todos quienes ejercemos este oficio dejamos por escrito en cada palabra y cada frase que escogemos, algo de nuestra esencia como personas y profesionales. Eso es algo que yo desearía que todos comprendieran porque cada uno tiene su propio estilo y manera de plasmar lo que ve, lo que piensa y lo que siente. Este oficio no lo ejercemos para caerle bien a nadie, sino porque asumimos una responsabilidad algo idealista de querer generar cambios y aportar a un desarrollo integral y general del mundo que nos rodea.En ese sentido la tolerancia, la serenidad, las buenas maneras, la confianza y la franqueza se convierten en nuestros aliados y sin ellas cada trazo de nuestras plumas pierde toda su validez y relevancia. Además, quienes transgreden de una u otra manera esas reglas implícitas también corren el grave riesgo de perder su credibilidad, lo cual es el único patrimonio real que los periodistas debemos atesorar. No obstante, cada periodista tiene el derecho de ejercer su vida profesional acorde con su estilo y personalidad. Infortunadamente desde hace décadas alrededor del mundo matan, acallan o censuran periodistas casi que a diario y lo que pocos comprenden es que por cada periodista silenciado, todos perdemos.Para mí, mi aporte es con vientos frescos, para otros los vientos serán huracanados. Lo imperativo es avalar que ambos estilos son válidos.

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