Techumbres

Julio 07, 2010 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

En el país la mayoría de la población habita en tierra caliente, como antes se decía despectivamente en la, entonces, fría Bogotá, de donde vienen modas como la del ladrillo a la vista, hace unas décadas, acertado sin duda allá pero no aquí. Como dice Ariel Espino, si hay algo que ha impedido una arquitectura universal, es el clima, pues permanece mientras lo demás permuta (La Prensa, Panamá 26/01/1995). Al menos hasta hoy, que de tanto cambiar las cosas con un mal interpretado desarrollo y modernidad, un consumismo desaforado y un crecimiento acelerado de la población, enfrentamos un amenazante cambio climático. En Río de Janeiro, como anota Espino, los cubos blancos de la arquitectura moderna fueron pronto rodeados de quiebrasoles, inventados por Le Corbusier para el paradigmático Ministerio de Educación y Salud, de Niemeyer, Costa, Reidy y Burle Marx, como paisajista (1937-46), y en Brasilia (1956-58) las cubiertas planas se extendieron más allá de las fachadas, soluciones ambas adoptadas con éxito en Cali a mediados del Siglo XX, pese a sus recurrentes goteras. Aquí, como en Panamá, Cartagena, Barranquilla, Caracas o Guayaquil, y muchas otras ciudades nuestras, si que es cierto eso de que la arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes, pero no bajo la luz, como lo dijo bellamente Le Corbusier, si no bajo la sombra, como propone acertadamente Espino. Es más, deberíamos hablar de espacios y no de volúmenes. En el trópico caliente, lluvioso y húmedo, la arquitectura es la solución correcta, bella y entrañable de los espacios habitables bajo la sombra de las techumbres. No en vano, también solíamos decir techo por casa, pues, como lo observa Espino, la arquitectura de origen islámico, de climas calientes pero secos, que trajeron los españoles, pronto tuvo que cambiar sus azoteas, como aún se ven en Santa Marta, por pendientes techos de tejas árabes, las que ahora llamamos de barro, con amplios aleros y profundos corredores para alejar la lluvia de las fachadas, permitiendo al tiempo que la brisa cruce por sus recintos cerrados de tapia pisada o de adobes llevándose la humedad o al menos paliando su percepción. Por todo lo anterior es que Espino afirma, con toda la razón, que no hay nada más inapropiado para un lugar lluvioso y caliente que una cubierta plana de hormigón, que ni siquiera es una azotea habitable, y que además a sol y agua los quiebrasoles se deterioran. Como repetía Humberto Palau, antiguo decano de la Facultad de arquitectura de la Universidad del Valle, no hay mejor solución que recurrir a los techos con alero, que tontamente olvidamos para imitar las fachadas modernas. Y en lo posible también tenemos que retomar los amplios corredores de las casas de hacienda de la región, y los portales de nuestras plazas coloniales, de los que habla Espino, como en Cartagena o Cali, que igualmente los tuvo sobre la actual Calle 4, y actualizar el uso de calados modernos, persianas coloniales y celosías indígenas. Tradicionales elementos que ya existían en la arquitectura islámica que tanto admiramos en Andalucía, que servirían para remplazar esos sosos y calientes ventanales expuestos al Sol, pero sin sombras, ahora tan de moda en Cali o Panamá.

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