¿Qué pasó?

¿Qué pasó?

Marzo 03, 2016 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

Hace 50 años el valle del río Cauca tenía un sistema de ciudades intermedias, único en el país, unido por ferrocarril, el primero aquí de ese tipo, y la nueva estación de Cali era la más grande y moderna. En esta fértil tierra, con abundante agua, se cultivaba todo, ya no había ganadería extensiva, la crianza de ganado lechero era avanzada, la Facultad de Agronomía y el Ciat destacaban en el ámbito nacional. Las cordilleras mantenían sus selvas y biodiversidad, el plan multitud de aves… y ya no había ‘pájaros’.Había industrias y empresarios como Manuel Carvajal que pensaba en colegios y no en catedrales. La ciudad con apenas 700.000 habitantes, de Versalles a San Fernando, era segura, confortable y silenciosa, sin vandalismo ni pordioseros, el Centro lo era y Emsirva ejemplar. Las drogas, el alcohol y Siloé no eran problema y no existía el narcotráfico; el tránsito era lento y con pocos accidentes, la ‘puentemanía’ no había llegado, los buses funcionaban y los carros de plaza eran como un Uber. Todo estaba cerca y se podía caminar pues la ampliación de las vías aun no se había tragado los andenes.Existían largas y bellas alamedas, el río Pance era una delicia y el Cali un espectáculo; la Avenida Colombia un paseo de verdad, el Alférez Real un hotel icónico, el Batallón Pichincha firme en el Paseo Bolívar y la Biblioteca del Centenario cerca, el Palacio de San Francisco era la Gobernación, la Sagrada Familia un colegio, el Santa Librada ejemplo nacional, el Club Colombia tenia una digna sede, el San Fernando una maravilla de piscina y baile por las tardes; y con el Campestre, varias casas y edificios, eran la mejor arquitectura moderna del país, y no había ‘torres’ innecesariamente altas.La Universidad del Valle era la segunda en Colombia, con reconocidos profesores nacionales y extranjeros; Jaime Aparicio ganaba y el fútbol era bueno; La Tertulia y sus Bienales de Grabado eran importantes en Latinoamérica; el TEC y Enrique Buenaventura en el mundo; estaban Edgar Negret, Lucy y Hernando Tejada, Fernell Franco, y María Thereza Negreiros y Pedro Alcántara, y Ever Astudillo y Óscar Muñoz comenzaban; era Caliwood y Andrés Caicedo escribía y tenía un cineclub, ya existía La Nacional y una buena orquesta sinfónica; pocos pero buenos restaurantes, sin esnobs, bares donde conversar y bailaderos no sólo de ‘salsa’, la Feria lo era y el alumbrado navideño discretamente bello.Esta ‘sucursal del cielo’, que la gran mayoría de los habitantes actuales de Cali no vivió, se acabó -casi- debido a su rápido y masivo crecimiento, al negocio de la tierra y al ansia de ‘modernidad’ y ‘cambio’ que destruyó, con la disculpa de los VI Juegos Panamericanos, su patrimonio construido, es decir, la imagen colectiva que identifica una ciudad por generaciones. Hoy preocupa su calidad de vida, comparada con ciudades intermedias como Manizales, Pereira, Armenia o Popayán.Hay que reducir su crecimiento y distribuirlo de Santander de Quilichao a Cartago, unidas por un nuevo tren, y otro de cercanías por el corredor férreo más una autopista urbana, el par vial 25-26, el MÍO, ciclovías y amplios andenes, que conecten sub centros, incluyendo los nuevos colegios, y que estos sean concursos de arquitectura sostenible y contextual. Legalizar el área metropolitana, limitarla con un anillo verde, recuperar las fuentes de agua, hacer reservorios en la ladera, y fomentar nuevas industrias. Mas primero hay que acabar con la corrupción generada por las drogas, legalizándolas.

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