¿Planeación?

Marzo 10, 2011 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

La arquitectura y el urbanismo modernos, que pretendían compartir universalmente las bondades del avance científico-técnico, se instalaron rápidamente en los países subdesarrollados por su acuciante necesidad de ponerse al día y por un malentendido desarrollo. El resultado, independientemente de la calidad de los edificios en sí mismos, que con los años se fue perdiendo, fue que se alteró negativamente el contexto urbano de unas ciudades que, al tiempo, estaban creciendo muy rápido y su ‘planeación’ rebasada por los intereses del negocio en que se convirtió su suelo. La primera labor de las oficinas de Planeación debería ser consolidar un nuevo modelo urbano que se sume al patrimonio construido que heredamos, y no que lo destruya, logrando así verdaderas ciudades postmodernas, por lo contextuales y sostenibles. Infortunadamente esta labor es incompatible con la premura de los alcaldes populares, que en su corto período pretenden transformar sus ciudades y pueblos siguiendo nociones simplistas y revaluadas de la arquitectura y el urbanismo modernos que aun permanecen en nuestra (in) cultura. Cali, por ejemplo, es producto de la superposición masiva, pero incompleta, del modelo moderno, en su versión más vulgar y mercantilista, sobre una pequeña ciudad tradicional. Se impusieron los antejardines y los paramentos pasaron a ser un límite violado de entrada con el permiso de hacer voladizos, y se dispararon las alturas con enormes culatas, generando ese espacio chatarra que nos acompaña por todas partes, pues no se conservó íntegro ningún sector ni se ha realizado uno nuevo que sea homogéneo (como el Centro Internacional en Bogotá).Las nuevas construcciones entre medianera deberían ajustarse al paramento y altura dominantes en la cuadra, y tener sólo balcones (que no vayan de lado a lado) que den sombra a las fachadas. Y los edificios que se necesite que sean más altos deberán ser exentos desde abajo, con fachadas por todos los lados y antejardines amplios y sin cerrar, y tener como límite el paramento de sus vecinos (como las Torres del Parque en Bogotá), resolviendo las medianerías, cuando las haya, con volúmenes propios. Para ellos se precisan lotes grandes, lo que se dificulta en el centro, pero no a lo largo del corredor férreo, que es en donde podrían estar los más altos, si éste se convirtiera en la columna vertebral del transporte urbano, mirando a la cordillera y no tapándola. El problema es la propiedad privada del suelo, por lo que cada cual quiere exprimir su lote sin importarle los demás ni la ciudad. Lo que sería fácilmente solucionable mediante un impuesto predial disuasivo que obedezca a la planeación urbana y no a la especulación inmobiliaria.De ahí, la necesidad de alcaldes con una mínima preparación en el tema, y la reelección indefinida de los mejores; o por lo menos que la tengan los responsables de Planeación. A nadie se le pasa por la cabeza un ministro de finanzas o de salud que no sepa de sus campo respectivo. Los buenos ejemplos de alcaldes que duran muchos años abundan en el mundo (otra cosa sería Bogotá si hubiera continuado Peñalosa, quien se preparó para serlo), y en muchas partes servicios como el transporte son autoridades autónomas, como debería ser Planeación.

VER COMENTARIOS
Columnistas