Patrimonio

Patrimonio

Agosto 22, 2013 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

¿Qué es y por qué conservar el patrimonio urbano y arquitectónico? Primero hay que aclarar que se trata apenas de la parte inmueble de la herencia cultural de una sociedad pero, con la lengua (y antes también la religión), la más importante, pues es parte nada menos que de las ciudades. Estas son complejos artefactos, en el tiempo (su historia) y el espacio (sus edificios y espacios urbanos), y en las que hoy vivimos cerca del 80% de los colombianos. Pero sólo muy recientemente somos un país urbanizado, por lo que carecemos de una cultura urbana y, por tanto, de criterios claros y colectivos para abordar el tema de la conservación del patrimonio construido.La razón para conservarlo es que representa una inversión económica en dinero, mano de obra, materiales, agua y energía. Lo que en Cali poco se considera, ni que además de su función inicial, y las que acoja después, son bienes de interés cultural que sirven para dar identidad, carácter y posibilidades de goce estético a las ciudades. Además son parte de su historia y generadores de conocimientos arquitectónicos y constructivos. De ahí que el primer asunto relativo a la sostenibilidad de edificios y ciudades, sea reutilizar lo más posible lo ya construido, y no apenas lo que además tenga valor histórico, arquitectónico, urbano, constructivo o sólo estético.Pero por supuesto es prioritario conservar los edificios considerados de interés cultural, mas casi siempre implica su remodelación, pues sólo muy pocos pueden -y deben- ser museos de sí mismos; y ni siquiera, pues raramente se conservan los muebles y objetos que albergaban, y desde luego sus actividades iniciales tampoco. Es el caso de la Casa de la Sierra de la Hacienda de El Paraíso, llena de muebles, adornos y rosales que nunca tuvo, y de “sucesos” inventados, como decir que los protagonistas de la novela María habitaron allí. Y lo mismo pasa con Piedechinche, cuyos corrales y áreas de trabajo fueron convertidos en jardines, los que tampoco tuvo.Otro ejemplo es el Colegio de la Sagrada Familia, en El Peñón, desocupado por años, al que si no se le da un nuevo uso terminará abandonado y lo dejarán caer como pasó con el trapiche de Cañasgordas. Pero para poder remodelarlo para hotel, lo que es conveniente para el barrio y la ciudad, hay que hacerle cambios. Y aunque se demuela su parte más reciente, y sin valor arquitectónico, al contrario de la inicial, se va a conservar mucho más de la mitad de lo existente, y lo nuevo no se verá desde el Parque, como lo recomendó el concepto del Comité de Patrimonio Municipal, por lo que es muy preocupante que en la imagen publicitada ahora aparezca más alto.Otra cosa es que ante la pertinente necesidad de diferenciar la parte nueva y comunicar el nuevo uso del edificio, aconsejable en estos casos y como lo pide (Articulo 13) el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios, ICOMOS (que asumió en 1965, la Carta de Venecia), no se haya escogido una solución más acorde con el clima local y las tradiciones arquitectónicas del barrio. Lo que sí fue planteado por algunos miembros del Comité, pero como apenas pueden emitir conceptos, su oponerse “en el momento preciso” como pidió hace ocho días un lector de esta columna (Alberto Furman, El País, 08/15/2013 - 6:43 am), no siempre surte efectos decisorios.

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