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Enero 06, 2011 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

No es criticando a los que critican como se mejoran las ciudades, si no criticando la crítica que hacen, pues permite mejorar lo criticado. Cosa muy otra de la ignominia de que los acusan los que creen que el ‘desarrollo’ justifica todo, que ‘progreso’ es demoler el patrimonio y ‘moderno’ lo que está de moda. Lo que sí es una afrenta pública es lo que resulta de la falta de conocimientos sobre lo urbano arquitectónico, la improvisación, la ilegalidad y la corrupción que amenazan con seguir destruyendo nuestras ciudades, que es lo que se critica en esta columna desde hace once años, además de hacer contrapropuestas, las que son otra forma de crítica. La crítica, sustentada claro está, no es el ataque que le achacan. El debate inteligente, informado y culto que suscita suma en vez de restar, lo que es muy diferente a generar las divisiones de que la acusan. Para actuar civilizadamente en la vida ciudadana es tan importante proponer como criticar lo que otros proponen, ayudando a que se perfeccionen los proyectos de los administradores temporales de lo público. Incluso, cuando han sido capaces de hacer mucho, pero que se equivocaron pues nadie criticó a tiempo lo que hacían. O que no escucharon a los que lo hicieron, como con el MÍO, que hoy evidencia varios de los problemas que se le criticaron.Actuar con altruismo no es sólo hacer aportes que mejoren nuestras ciudades, si no criticarlos con argumentos. Por ejemplo en Cali hay que criticar muchos de los ‘megaerrores’ que nos quieren imponer con el prurito de que “si queremos avanzar no hay para qué detenernos en subjetivismos, menos cuando están imbuidos de censuras más que de realidades”. Realidades cuya realidad los contratistas pueden modificar como les convenga y quieran, y de las que no pueden opinar seriamente los que critican que se las critique, pues en la mayoría de las ‘megaobras’ ni siquiera conocen sus anteproyectos si no apenas sus engañosas imágenes promocionales.Es nuestro deber de ciudadanos criticar para que Cali se construya mejor. En Bogotá la crítica logró que se suspendiera el Transmilenio por la Séptima hasta no contar con un proyecto completo, y el desastre de la 26 les abrió los ojos al respecto de la forma corrupta y equivocada de la contratación de las obras públicas en el país. ¿No será mejor criticar ahora la improvisación en el proyecto de la Avenida Colombia, que quejarnos después del colapso del tráfico de la ciudad durante no se sabe cuántos años? Que no nos digan que no critiquemos: basta que nos demuestren con razones que nuestra crítica está equivocada.Pero aparte de Bogotá, a partir de las alcaldías de Mockus y Peñalosa, aquí al común de la gente poco le atrae el debate ciudadano, más interesada en la politiquería que en las polis y su calidad de vida. Es esa arraigada idea de que el cielo está en otra parte mientras la vida real, aquí y ahora, es un purgatorio de violencia, destrucción, corrupción, despilfarro, mediocridad, ningún desarrollo, escaso progreso y falsa modernidad. Menos mal que aún se puede criticar en los medios, lo que no pasa en Venezuela, por ejemplo, ya que la crítica debe ser pública para que sea útil. Por eso en las democracias participativas hay gobierno, oposición y prensa libre.

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