Metamorfosis

Julio 15, 2010 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

La transformación que ha experimentado esta ciudad durante su desarrollo en las últimas décadas se manifiesta no sólo en la variación de su forma sino también en sus funciones y género de vida. La Plaza de Caicedo (como está escrito en el pedestal de la estatua del prócer), que antes era la plaza mayor y única, se transformó en el Parque de Cayzedo. El emblemático Hotel Alférez Real en el Parque de los Poetas, en estos días en que ya nadie lee. El Palacio de San Francisco en el edificio de oficinas de la Gobernación del Valle. El Cuartel del Batallón Pichincha en el CAM. La alameda más larga del mundo la convertimos en una pista (casi siempre desocupada) para buses articulados, que en todas partes van junto con los carros. Pretendimos llenar el Parque del Acueducto, no de agua si no de edificios, y ahora queremos transformar la Avenida Colombia en una serie de plazoletas que no resolverán el muladar en que se ha convertido el centro de Cali sino todo lo contrario: años de obras, caos vehicular y losas que como las del MÍO se desbaratan a los pocos meses. Y así. En lugar de construir más ciudad destruimos la poca ciudad de verdad que había. A la moda la llamamos modernidad y a la demolición de lo construido progreso. A nadie le importa, por ejemplo, que las obras en el túnel (en realidad un box culvert) de la que insistimos en llamar Avenida Colombia, pese a que hace años que no lo es, afecten más de la mitad de los pocos monumentos nacionales con que cuenta Cali. En lugar de profundizar en los logros de la arquitectura moderna en la ciudad, a mediados del Siglo XX, nos entregamos a la frivolidad de la imitación de un ‘deconstructivismo’ que ya pasó de moda en Europa y que es cada vez más cuestionado por no ser sostenible. No regeneramos el tejido urbano, tan destruido por la introducción, torpe y de nuevo ricos, de los carros, y estamos haciendo irresponsablemente una colcha de retazos, dispersa en varios municipios vecinos, uno de los cuales está incluso en un departamento vecino. Y hablando de departamentos, en lugar de proteger a Buenaventura queremos acabar con Bahía Málaga, ballenas jorobadas incluidas. En lugar de buscar alcaldes que sepan ver la ciudad los escogemos ciegos. No nos importa la calidad de vida sino los contratos, y la corrupción que los acompaña, con la disculpa de generar empleo. Tratar de esquilmar el erario no es desde luego una exclusividad de Ingrid Betancourt. No nos incumbe la realidad si no apenas su imagen, que ya no es la milenaria de las ciudades occidentales, originadas en Asia, si no la muy reciente de las megalópolis norteamericanas que nos descrestan con sus autopistas, cruces a tres niveles y rascacielos, al punto que llamamos ‘torre’ a cualquier cosa y autopista a la Autopista Suroriental, y que nos enorgullecen los puentes que atenazan el Centro. Como dice Umberto Eco, la cultura es una memoria colectiva escogida (Eco y Carrière, Nadie acabará con los libros, 2009), pero la metamorfosis de Cali nos ha llevado a otra cosa, y no precisamente a una bella mariposa, si no a un feo sapo en espera de una princesa. Por simple justicia de género, el próximo alcalde debería ser mujer, como las que crearon La Tertulia, los festivales de arte e Incolbalet.

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