Mejor en blanco

Agosto 20, 2015 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

En San Antonio, en la Calle 3ª con Carrera 9ª, se encuentra uno de los sitios más bellos de Cali. En tres de sus esquinas hay viejas casas que, junto con las que les siguen calle abajo, presentan gruesos muros de adobes, con unas pocas puertas de madera y casi ninguna ventana, totalmente encalados, y sombreados por los aleros de recias techumbres ocres que contrastan contra el cielo.Y sin duda el conjunto de la Merced, la iglesia, su torre y su convento, también blanco y ocre, y con pocos vanos, y la estrecha calle, cerrada por arriba por los aleros, que forma con la casa del Episcopado, es otro de los más bellos. Como lo eran igualmente blancos y bellos la iglesia, la torre y el convento de San Agustín, en la Calle 4ª con la Carrera 13, donde estuvo el Colegio de Santa Librada.Y a la bellísima Torre Mudéjar cómo le hace falta el blanco de la larga fachada lateral de la iglesia, hoy llamada de La Inmaculada, con apenas una sencilla puerta de madera, junto con el revoque blanco de la fachada renacentista de San Francisco, que se ve en las fotos de Alberto Lenis antes de que todo fuera modificado por el maestro Luis Alberto Acuña cuando la intervino para los 400 años de Cali.La blancura pura de la arquitectura de Andalucía y Extremadura se repitió en el Nuevo Mundo de California a la Patagonia, en especial en la Nueva Granada, Venezuela y Ecuador, separada de sus cielos lechosos por el ocre de las techumbres. En el valle del río Cauca el encalado se comenzó a usar apenas a mediados del Siglo XIX, para desinfectar, limpiar y aclarar, después se generalizó con el neoclásico y el blanco del “pueblo español” promocionado en la Exposición Internacional de Barcelona de 1929.Su uso continuó a mediados del Siglo XX con la llegada casi simultánea del Español Californiano, el Neo Colonial y la arquitectura moderna, difundida en el mundo por los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna, CIAM, inspirada, en cuanto al color, en el blanco prístino de la arquitectura nativa de las islas griegas del Mediterráneo, que allá contrasta con el azul de sus cielos y aquí con el verde de la vegetación y las montañas.El blanco es purificador infunde sencillez, ingenuidad, armonía y paz, es el color de la luz solar, no descompuesta en los colores del espectro, y su luminosidad propia o reflejada es intensa. Es acromático, de claridad máxima y oscuridad nula. Su uso minimizaría el caos visual de nuestras ciudades, pues unifica y neutraliza, sin llegar a la monotonía, ya que permite que otros colores se destaquen junto a él.Las fachadas blancas ayudarían a reducir la necesidad de aire acondicionado, y crearían un ambiente urbano más fresco en el clima templado usual de la ciudad e incluso en los calores como los de estos días. Y los interiores blancos permitirían aprovechar mejor la luz natural, mermando el costoso y excesivo consumo de energía en los edificios y por ende los gases de efecto invernadero.Ya lo dijo Alvar Aalto influido por sus amigos Paul Cézanne y Fernand Léger: el blanco es el único color a utilizar en la arquitectura… o el propio de los materiales naturales, como la madera. “El blanco es terrible en su pureza; su piel es de cal. Es la realidad sin mentira. El negro es lo que piensa el blanco cuando esta dormido y la sombra es lo suave”, sentencia Omar Rayo. Piénselo.

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