Marx y la arquitectura

Marx y la arquitectura

Diciembre 27, 2017 - 11:35 p.m. Por: Benjamin Barney Caldas

Aunque Karl Marx no se interesó por la arquitectura en sí, al contrario de otros pensadores como Ludwig Wittgenstein (Carla Carmona, Wittgenstein, 2015), sus comentarios sobre el fetichismo de la mercancía (José Manuel Bermudo, Marx / del ágora al mercado, 2015) son claramente aplicables a la arquitectura actual, buena parte de ella mera mercancía, incluso para vender más mercancías, desde materiales para cualquier obra, a cualquier cosa como en cualquier supermercado, incluyendo su obsolescencia programada. Es evidente su carácter de fetiche “fantasmagórico”, “enigmático”, “misterioso”, “místico” o “ilusorio” del que habla Marx aludiendo a la mercancía (p. 119).

A la mirada ingenua, superficial o ignorante del comprador, que sólo ve su valor de uso, o la del mercader, que sólo ve su valor de cambio, o la del economista, que sólo ve un mero resultado del trabajo humano, la mercancía -en este caso, la arquitectura- no les revela su misterio que, en el caso de esta, nace de la necesidad de habitar y de glorificar, y que es nuestro principal medio de orientación en el mundo, como dice Juhani Pallasmaa (Hämeenlinna, 1936- ) arquitecto y teórico finlandés (La imagen corpórea, 2011, p. 158 ). Que además de funcionar bien, emocione, como insistía Rogelio Salmona (París 1927-2007 Bogotá), quien sí que lo consiguió en muchas de sus obras en Colombia.

En palabras de Marx, lo que sucede al pasar del “producto del trabajo” a la “mercancía” es que no se afecta la cosa sino su figura (p.120), la que a su vez determina su ser al imponerle sus propias funciones (p. 121), reduciéndola sólo a aquello que se pueda llevar al mercado, “…es el fetichismo que se les pega a los productos del trabajo en cuanto se producen como mercancías y que, por lo tanto, es inseparable de la producción mercantil” (p. 122). Justamente, lo que sucede con la arquitectura cuando se vuelve meramente mercancía, es decir, una extracción de plusvalía intrínseca al capitalismo, como lo es asimismo el fetichismo en cuanto producción mercantil (p. 123).

Si las mercancías siguen en el ámbito de lo mercantil, seguirán siéndolo, y los productores -en este caso, los arquitectos- habrán de seguir sus exigencias (p. 125). Por esto es necesaria una visión crítica de la arquitectura profesional actual, y su enseñanza. Además hay nuevos requerimientos como su sostenibilidad, la captación de energía solar, usar todo lo construido, y que sea fácilmente adecuable, renovable y, finalmente, reciclable, utilizando los nuevos sistemas de construcción y los nuevos especialistas necesarios, en un trabajo interdisciplinario. Y, desde luego, está lo contextual, que exige considerar para cada obra el entorno inmediato y por supuesto el clima, paisajes y tradiciones de la ciudad.

La lucha de Marx, dice Bermudo (p.117), es contra la enajenación y el fetichismo (veneración excesiva) propios del capitalismo. Sin embargo, los resultados en este sentido en los países socialistas -y en la arquitectura- dejan mucho que desear. No queda más que educar a los compradores… y a los arquitectos. Como señala Pallasmaa hay que mostrar los edificios en su contexto paisajístico, cultural y social, y no como objetos estéticos independientes, y encontrarse con la arquitectura y su lugar y no apenas verla (p. 158). Y pensar en los primeros puestos mundiales de los países nórdicos en educación, economía, competitividad, derechos civiles, calidad de vida y desarrollo humano.

Sigue en Twitter @BarneyCaldas

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