Los otros

Los otros

Julio 14, 2011 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

Una ciudad muy poblada y extensa, como Cali, no podrá ser un gran vividero, como gustamos creer aquí, mientras sus ciudadanos no aprendan a respetar a los demás. Para lo cual son necesarias algunas normas elementales de comportamiento en sus calles, plazas y parques, y unas autoridades que velen por su cumplimiento y por la seguridad de todos. Pero también son precisas en los espacios de uso público de los edificios, como lo son sus circulaciones y demás recintos compartidos con otros dentro de ellos. O cuando nuestras actividades individuales, familiares o sociales invaden el espacio público física, acústica, olfativa o visualmente. En las ciudades actuales compartimos las calles con carros, bicicletas, motos y varios tipos de buses y camiones, que se supone son los que deben usar las calzadas, mientras a los peatones les corresponde caminar por los andenes. Y debemos poder hacerlo sin interrumpir el paso o la circulación de los otros. Por eso el mayor problema surge cuando se cruzan peatones y vehículos en las esquinas. O cuando se invade el espacio de los otros, como sucede si las calles no cuentan con andenes adecuados o éstos son ocupados por los automóviles por falta de áreas para estacionar, o por simple desconsideración con los otros como pasa en Cali.De ahí que las normas de tráfico tienen que ser respetadas por los que caminan como por los que conducen automóviles, taxis y buses, para lo cual tienen que ser conocidas por todos y ser ‘cumplibles’, y en últimas simplemente existir. Lo que no sucede en Cali o, peor, donde con frecuencia son absurdas y llevan a su irrespeto. Lo mismo pasa con las normas para el comportamiento en los espacios públicos de los edificios, o incluso en las viviendas mismas con respecto a los vecinos inmediatos a los que podemos perturbar. Y por supuesto hay que considerar el porqué muchos precisamente lo que quieren es hacer sentir que ya tienen carro y equipo de sonido.Pero para que sean normas conocidas y respetadas por todos tienen que ser pocas y contundentes, que se las divulgue y que exijamos que se cumplan, convencidos de la necesidad de respetar el derecho de los otros para que respeten el nuestro. Y eso sólo se logra dentro de una cultura, la que en las ciudades pequeñas, pueblos y barrios tradicionales, es un conjunto de modos de vida, costumbres, conocimientos y un grado de desarrollo artístico, científico e industrial, de un grupo social, en una época, que es como la define el Drae, pero que tiene que ser necesariamente cosmopolita en las grandes ciudades, es decir que respete las diferencias. Son el escenario de la cultura, como lo dijo Lewis Mumfor (‘La cultura de las ciudades’, 1938), y de ahí la importancia real de su arquitectura. Determina sus calles, sus andenes, calzadas y cruces, como sus plazas y parques, y desde luego la vivienda, el comercio y los sitios de estudio, trabajo, y recreación. Una ciudad sólo podrá serlo a cabalidad cuando sus edificios y espacios urbanos, públicos y privados, se diseñen pensando en los demás, para que en ellos se facilite el que nos respetemos unos a otros según nuestro particular grado de desarrollo cultural. Asunto del que se deberían ocupar más el Ministerio de Cultura y las publicaciones del ramo.

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