Lo urbano

Septiembre 15, 2011 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

El espacio urbano, igual que el arte, no progresa, sólo evoluciona: pasa de un estado a otro (Drae). Los arquitectos, como dice Ernest Gombrich de los artistas (Historia del Arte, 1949), apenas proponen nuevos volúmenes y espacios o los desarrollan. Por ejemplo, la belleza de París es en su mayor parte la de la ciudad de finales del Siglo XIX, y sólo es diferente a la medioeval a partir de la cual evolucionó: no es su “desarrollo”. Sin embargo sí que ha progresado en equipamientos de salud, educación, deportes, espectáculos y cultura, y servicios de energía, agua, alcantarillado, comunicaciones, aseo y transporte, el mejor del mundo pues además de trenes de cercanías y urbanos, metro, buses y taxis, se puede caminar cada vez con más facilidad, confort, seguridad, placer y sentido. Los servicios y equipamientos urbanos pueden progresar pero la estética de las formas de las ciudades sólo es diferente, y más o menos bella. Están determinadas por las características biológicas y culturales del hombre y la geografía del planeta, que es la misma hace milenios, y por su historia que transcurre pero no progresa. Pero como dice Gombrich, “Toda generación se rebela de algún modo contra las convenciones de sus padres; toda obra de arte expresa su mensaje a sus contemporáneos no sólo por lo que contiene, sino por lo que deja de contener”. Y en Colombia con frecuencia no nos contentamos con proponer cosas ‘nuevas’, que casi nunca lo son, sino que queremos borrar las tradiciones como si tuviéramos vergüenza de ellas, o las exaltamos hasta la ridiculez pues la sindéresis no es lo nuestro. Nuestras ciudades coloniales, que evolucionaron a lo largo de tres siglos, repentinamente pasaron, a principios del XX, a tener grandes edificios historicistas, que rompieron la bella uniformidad alcanzada, posibles, justamente, por el desarrollo no de la arquitectura, que sólo evolucionó, sino de la construcción, gracias a nuevos materiales como el cemento y el hierro. Después vendría la trivialización de la arquitectura moderna y el acelerado crecimiento demográfico, que empeoró todo con edificios innecesariamente altos, voladizos invasores y feísimas ‘culatas’, amén de demoliciones en nombre del progreso de un patrimonio que de pronto se consideró no antiguo sino despectivamente viejo, y que ni siquiera siempre se reemplazó con otra cosa, alterando la imagen urbana con la cual se identificaban sus habitantes. Pero como dijo Aristóteles las ciudades no son apenas para las necesidades vitales sino sobre todo para vivir bien (La política, s, IV aC.). Por eso hay que conservar la Av. Colombia como un paseo, con carros y peatones, dejando el tráfico rápido por debajo. Y ver el potencial paisajístico del largo muro de sillares encontrado, que se podría mantener, desplazándolo un poco, o el de los muros del Puente Ortiz, que se podrían trasladar al inicio del Paseo Bolívar, como sugiere el Arq. Jorge Galindo, encima de los pequeños arcos que le servían de aliviadero en las crecientes, los que se podrían destapar después, acogiendo la propuesta del Arq. Ricardo Hincapié, y usarlos en su consolidación. Y por supuesto, el estudio de esas piedras y ladrillos, ahora de interés cultural, es necesario para ver como evolucionó la ciudad.

VER COMENTARIOS
Columnistas