La diferencia

La diferencia

Febrero 09, 2017 - 10:20 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

La corrupción está presente tanto en el espacio como en el tiempo, de arriba abajo, a la derecha y a la izquierda, atrás y adelante, y del pasado al futuro lo que desde luego es lo más preocupante. Y además aquí el narcotráfico instauró ya hace años la cultura corrupta y violenta de ‘plata o plomo’ junto con la apenas corrupta de los politiqueros del “como voy yo” de la que recientemente han escrito tantos como también muchos otros antes y periódicamente, ya que es algo que afecta a todos. 

Precisamente porque la corrupción es el gran problema en Cali, Colombia o el mundo, solo que cambiando mucho sus implicaciones y consecuencias. Ya lo han dicho muchos pero cómo llevarla “a sus justas proporciones” nadie lo ha propuesto cabalmente que se sepa o simplemente no convenció, o peor aún, los ‘ciudadanos’ no se dejaron convencer pues no los ‘untaron’ suficientemente ya que no hay ‘mermelada’ que alcance para tantos y menos si ni siquiera se ofrece. 

Corrupción, dice el Diccionario de Lengua Española, es tanto la acción como el efecto de corromper, especialmente en las organizaciones públicas, y consiste en la utilización de las funciones y medios de aquellas, las mermeladas, o su inverso que son las ‘coimas’, por ejemplo, en provecho económico o de otra índole, de sus gestores. Pero igualmente se trata de la corrupción de las costumbres, o la alteración de la forma de algo echándolo a perder, como una ciudad por ejemplo.

Es lo que viene pasando en Cali desde los VI Juegos Panamericanos de 1971, alterando y, principalmente, demoliendo sus edificios más representativos, y con ellos importantes testimonios de la historia de la ciudad. Al punto de que hoy es una ‘urbe’ paradójicamente sin hitos urbanos comunes a todos sus muy nuevos habitantes, lo que contribuye a su desidia en tanto para defender sus derechos ciudadanos y ni se diga para cumplir con sus deberes como ciudadanos.

Trastorno urbano que se continúa alimentando hasta hoy debido a la corrupción existente en las ciudades del país en lo que tiene que ver con la contratación de las obras públicas, los usos del suelo, las normas de construcción, la invasión del espacio público o la movilidad en ellas, sumada a la falta de autoridad y la amenaza nada velada a los que denuncian públicamente este vergonzoso estado de cosas; o de casas sería mejor decir, afectando la calidad de vida en ellas.

Pensadores, como Michel Serres, sostienen que vivimos la mejor época desde hace 3.000 años (El País, Madrid 29/12/2016) basándose en indicadores como renta, educación, longevidad y salud infantil, y en Europa, claro, pero al ignorar el trastorno climático y el peligro de un desastre nuclear se equivoca pensando que la humanidad progresa adecuadamente. Y al ignorar el trastorno urbano en tantas ciudades latinoamericanas pasa por alto su vasta incidencia en su calidad de vida, de lo que tampoco habla Alejandro Gaviria (J. L. Londoño, El País, 26/01/2001).

Hay que apoyar iniciativas de verdad contra la corrupción y por la legalización de las drogas, cuyo tráfico es lo que más contribuye a ella en el país. Hasta cuándo estaremos arrodillados ante USA, como lo denuncia Antonio Caballero hace años. ¿Por qué no se sigue el ejemplo de Uruguay? ¿Por qué no han informado más sobre qué ha pasado allá con la despenalización de las drogas? ¿O será que la corrupción, una evolución inteligente del engaño animal, es lo que de verdad diferencia al ser humano de los otros animales?

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