La belleza de la ciudad

La belleza de la ciudad

Febrero 28, 2018 - 11:35 p.m. Por: Benjamin Barney Caldas

La cualidad de lo bello, del latín bellus, ‘bonito’, lo es por la perfección de sus formas, las que complace la vista o el oído, en continua búsqueda de la belleza en sí dirían los platónicos. Pero si bien la belleza de una calle estriba en la armonía de sus dos fachadas enfrentadas, en una avenida ya no es apenas eso sino también su trazado, su suficiente ancho y sus extremos, y en una plaza o parque urbano ya es todo eso junto. Pero la belleza de una ciudad implica además de las de sus calles, avenidas, plazas y parques, el nuevo conjunto que forman, el paisaje natural en la que se encuentra, sus diferentes climas, y las actividades varias que se dan en ella y desde luego sus gentes.

La belleza de una calle, ya sea recta, curva o quebrada, en pendiente o a nivel, no reside, pues, en la ‘suma’ de las fachadas de sus diferentes edificios sino en la armonía de esas dos fachadas urbanas enfrentadas que la conforman, para lo que deben estar completas, al menos por una o varias cuadras seguidas. Y dicha armonía ‘urbana’ depende de la altura de los edificios, el ancho de sus frentes, y la proporción de llenos y vacíos de sus fachadas y sus colores predominantes, y de la ornamentación, o no, de sus entradas, como por la presencia de cornisas o aleros que cierren su espacio por arriba y de suelos pertinentes a la misma, incluso, y mucho, del cielo que las cubre.

En una avenida propiamente dicha, aunque las hay curvas, su trazado recto y sin cambiar abruptamente de nivel es clave, aunque si tiene una leve pendiente es mejor pues permite verla enfrente, lo mismo que si presenta hitos a sus extremos, pero su ancho no puede ser exagerado pues se pierde la relación entre sus dos fachadas paralelas, convirtiéndose en una explanada o en un malecón. Y otra cosa es una alameda o un bulevar, cuya belleza depende básicamente del espacio cubierto por sus árboles, mientras que en las avenidas lo es conformado por los edificios, aunque en algunas lo es por ambos: árboles y atrás de ellos, sin cubrirlos totalmente, los edificios.

Finalmente, en una plaza, o en parque urbano, se combina mucho de lo dicho respecto a calles y avenidas, pero de maneras diversas al punto de que cada plaza, no tanto los parques, presenta una belleza única. Las hay de planta casi cuadrada rodeadas de edificios de igual altura, o con un solo monumento que se destaca y algunas en pendiente hacia el mismo, largas y que terminan en un monumento y con una plazuela acodada, o anchas enfrente de un largo edificio monumental, de forma irregular y que bajan hacia el monumento, ovaladas rodeadas de un porticado y seguidas por una plazuela que sube al monumento. Y las que fueron ‘convertidas’ en parques ya tiene otro tipo de belleza.

La belleza de las ciudades, que no es una suma sino una multiplicación, remite a la estética, que estudia la esencia y percepción de la belleza, pero como no existe ninguna regla de gusto objetiva que determine lo que sea bello, no queda más que analizar aquellas ciudades en que muchos coinciden en que son bellas. No apenas hay que visitarlas sino vivirlas repetidamente. Y al mismo tiempo es indispensable el estudio histórico de la urbanidad, el urbanismo y la arquitectura de cada una y en general de todas. “La obra de arte permite interpretar con nuevas claves lo conocido y construir de esta manera, nuevos sentidos colectivos” (F. Manes y M. Niro, Usar el cerebro, 2014, p. 209).

Sigue en Twitter @BarneyCaldas

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