Ética y arquitectura

Abril 02, 2015 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

No es ético por parte de un arquitecto limitarse a hacer literalmente lo que el cliente le pide para su vivienda, en lugar de diseñarle lo que con su experiencia y conocimiento considera que necesita, para lo cual por supuesto debe oírlo a él y a su familia y amigos y conocidos metidos. Cosa que aquí casi ninguno hace, limitándose a copiar imágenes de moda en el exterior y que muestran las revistas que nos mandan, pues como le decía en días pasados Susanita a Mafalda, solo es “bueno” lo que se acepta allá, en Estados Unidos y Europa, no lo que es bueno aquí; lo que comprobadamente ha sido mejor aquí.Igual que ese usuario del transporte público que decía que no le gustaba el transporte ni el público, juego de palabras que lleva a pensar en que es preciso mejorar al tiempo el transporte y el público, hay que educar como a un niño al cliente al tiempo que se desarrolla el proyecto, incluso si no se trata de una vivienda unipersonal. El problema desde luego es que en general ya se creen ‘grandes’ o que lo que necesitan es una costurera y no un gran modisto y ni siquiera un buen sastre. Y en arquitectura, además, pese a que aquí cada vez hay más de las primeras, hay menos de los segundos y de los últimos ya no queda ninguno.En general los clientes no entienden que son personas que por algo han decidido utilizar los servicios de un profesional con el supuesto de que ejerce su oficio con capacidad y aplicación y con una experiencia comprobada en el mismo, es decir con relevante capacidad y aplicación. Además los clientes de los arquitectos suelen creer ingenuamente que saben lo que quieren, pero lo que los arquitectos deben saber es qué es lo que en realidad necesitan y descifrar su gusto, el que no es nunca algo subjetivo como se cree; es cultural y se forma ya de niños, cuando se aprende todo, junto con la lengua, comidas, costumbres, comportamientos y religiones.La ética profesional de un arquitecto que lo sea es pues el conjunto de normas morales que rigen su conducta como tal, más allá de una simple actividad a cambio de dinero. Qué vergüenza cuando justifican algo diciendo que el cliente se lo pidió, como si se tratara de servir obsequiosamente a un superior. Lo que si era cierto en la antigüedad cuando sacerdotes arquitectos levantaron sus magnificas obras a sus respectivos dioses, los mejores clientes posibles pues no necesitan nada y lo tienen todo ya que solo existen en el mundo de las creencias, por lo que es posible ponerse bajo su protección o tutela sin comprometer el oficio.Es el problema de ser ateo y arquitecto, y querer poner la arquitectura al servicio ya no de dioses sino de hombres y mujeres comunes pero queriendo que habiten como dioses o al menos como príncipes. Fue lo que pretendió el Movimiento Moderno en arquitectura, ese último reducto del humanismo, ponerla al servicio del ser humano. Es lo que ahora logra la arquitectura realmente posmoderna, pues el posmodernismo no pasó del banal espectáculo, al conjugar el antiquísimo arte de la arquitectura con lo mas actual de sus varias técnicas; una nueva ética sumada a una vieja estética: vencer con gracia la gravedad y enaltecer los recorridos al tiempo que se cuida de su seguridad, funcionalidad y confort: lo entendería Mafalda.

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