El paisaje en la arquitectura

El paisaje en la arquitectura

Octubre 27, 2016 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

Relieves, climas y vegetaciones generan paisajes distintos, biológicamente vitales y que culturalmente dan identidad y convivencia: paz. La arquitectura se les agrega y los modifica, para bien o para mal. Son historias que cambian poco a poco con las generaciones, o de improviso, como en Cali, quedando paisajes o edificios como únicos testigos. Pero siempre juntos, o revueltos, extrañamente se miran, nombran, analizan, muestran y enseñan por separado.Paisajes naturales, si acaso con alguna arquitectura vernácula; rurales, campesinos o agroindustriales extensos y monótonos; suburbanos, cerca a las ciudades; urbanos, o sea los barrios tradicionales y ensanches; centrales, el corazón de las ciudades y su imagen; o históricos como los pequeños y viejos centros fundacionales. Hoy para muchos los paisajes son casi siempre paisajes urbanos y habría que ver su belleza y su papel en la memoria colectiva, y no apenas en la TV.Paisajes, ciudades y edificios que cambian diariamente con el paso del Sol, la Luna y las estrellas, y las nubes, la niebla, la lluvia, la brisa o el viento; al amanecer, al medio día y al atardecer. Y a lo largo de las estaciones del año, del invierno blanco por la nieve, la primavera siempre verde, el verano algo amarillo de tanto sol, al otoño pleno de ocres y sienas. Siempre en combinaciones infinitas, y vistos por personas diferentes en momentos distintos de sus coloridas vidas, las que para muchos solo son grises.En el paisaje está el zigurat de Ur subiendo al cielo; las Pirámides en el desierto sin fin; la Acrópolis coronando la polis ateniense; las calles de Pompeya o Volubiles apuntando a la vista; las catedrales góticas en las ciudades medievales; subiendo en Roma a San Pedro; la Alhambra arriba de Granada; la Unidad de Le Corbusier en un bosque en Berlín; el Palácio da Alvorada y atrás el lago de Paranoá en Brasilia; o las rojas Torres del Parque en Bogotá, verdes cerros atrás y cielo azul arriba o amenazantes nubes grises.Pero igual la arquitectura es el paisaje. El Partenón saliendo de los Propileos; entrando al Panteón, Agia Sofía, San Pedro, o la mezquita de Córdova, buscando los dioses; en los claustros medioevales o los de la Alhambra, pues todos los patios son mágicos bajo el firmamento infinito; mirando el ancho pórtico del Altes Museum en Berlín, o el Capitolio Nacional en Bogotá; o recorriendo el paisaje circundante en el Museu de Arte Contemporânea en Niteroi, o en el Centro Cultural GGM, en Bogotá; o adentro o afuera en la Catedral de Brasilia.Hay que viajar para ver arquitecturas que enaltecen el paisaje, como Mont Saint-Michel el mar; o que lo reemplazan, como en París, Venecia, Ámsterdam o Brujas; o se imponen en él como El Escorial; o lo exaltan en Teotihuacán, Tulum, Machu Picchu; o que lo completan como en Porto, Lisboa, Istambul, Tánger, Río, Cartagena, Mompox, Villa de Leyva, Santa Fe de Antioquia, Popayán, Caloto, o San Antonio en Cali, con una arquitectura que no lo tapa ni lo destruye sino que lo aprovecha.Pero extrañamente en Cali se ignora su muy bello paisaje andino de cerros, cordillera con farallones, y con extenso valle a sus pies, atravesado por ríos que fueron corrientosos (ahora burdamente encajonados como el río Cali). Y en este aun envidiable paisaje se insiste en edificar una arquitectura puramente comercial y ya sin arte, que lo oculta poco a poco y que elimina su variada vegetación, ceñida a técnicas de construir no siempre las más sostenibles.

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