El legado andalusí

Agosto 02, 2017 - 11:35 p.m. Por: Benjamin Barney Caldas

Rodrigo de Bastidas, quien fundo a Santa Marta en 1525, la primera ciudad en lo que sería la Nueva Granada, era sevillano, y Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá, 1538, era de Córdoba. Igualmente eran andaluces los que con la religión, la lengua y la arquitectura, como ha señalado Fernando Chueca-Goitia, conquistaron el Suroccidente del país: Sebastián de Belalcázar, fundador de Cali, 1536, y Popayán, 1537, nació cerca a Córdoba, y Jorge Robledo, el de Cartago en 1540, era de Úbeda, y desde luego muchos de sus soldados también lo eran, como indican diversos apellidos actuales.

En el Valle del río Cauca dejaron muchas casas de hacienda y no pocas urbanas, de Santander de Quilichao a Cartago, pasando por Caloto y Buga, de íntimos patios, largos corredores y empinadas techumbres ocres sobre blancos muros, igual que en bellas iglesias. Y el disfrute del agua en acequias, atarjeas y estanques en los que se reflejan fachadas y arreboles al atardecer, y el ladrillo en suelos y ornamentaciones, como en la Torre Mudéjar de Cali, que resurgen en la obra de Rogelio Salmona, luego de admirarlos en Andalucía y el Magreb después de trabajar para Le Corbusier.

Y el manjar blanco, cuyos variados nombres en Iberoamérica pretenden ignorar su origen árabe, y la boruga (leche, limón y panela raspada… y un poco de brandy). Pero, paradójicamente, la tortilla de patatas, el gazpacho y el salmorejo, fueron hechos en Andalucía después del “descubrimiento” de las papas y tomates americanos, y no son comunes aquí (esa “sopa” está fría, dicen) como si no pudieran alternar con el delicioso y caliente sancocho de gallina, ojalá correteada, inventado por esclavas de bella piel aceituna echando en una olla lo que estaba a mano.

También trajeron guitarras y hasta hace unos años el cante jondo, el flamenco y las castañuelas se oían por acá, y aún Lágrimas negras de Diego ‘El Cigala’ llena salas. Y algo llegaría de Málaga con Picasso, que pese a que ya era admirado en todo el mundo, fuera tan admirado aquí. Y Manuel de Falla, nacido en Cádiz, ciudad hermana mayor de Cartagena de Indias, y, como no, el granadino Federico García Lorca, y el sevillano Gustavo Adolfo Bécquer, son también nuestros, y muchas palabras de origen árabe o árabes mismas, como más de sesenta de arquitectura.

También los bellos y blancos (no todos lo son) caballos andaluces, descendientes de Kuhayla (fuerza), Saqlaui (belleza), Muniqui (rapidez), Hamdani y Habdan, las cinco yeguas árabes preferidas de Mahoma; y dicho numero, que entre los extremos y el medio permite un acuerdo. Y los toros, a los que salvaría el rejoneo, ya que en él se podría prescindir de picas y banderillas y hasta de la muerte del toro, infaltable en el toreo a pie, cuya alabanza pública tarde o temprano se debe prohibir por más arte que en realidad es, e incluso el toreo mismo.

Y volver a Sevilla “torre de arqueros finos”, Córdoba, con AVE ya no “lejana y sola”, Málaga, donde “las estrellas no tienen novio”, Cádiz aunque nada diga García Lorca, y Granada y su entrañable Alhambra, “la más misteriosa y encantadora del mundo musulmán”. Y releer a Washington Irvin y el Manuscrito carmesí de Antonio Gala. A Manuel Machado: Cádiz, salada claridad; Granada, agua oculta que llora, romana y mora; Córdoba callada; Málaga cantaora; Almería dorada y plateado Jaén; Huelva, la orilla de las Tres Carabelas. Y Andaluces de Jaén de Miguel Hernández, que, dijo Ortega y Gasset, disminuyen el debe en lugar de aumentar el haber.

Sigue en Twitter @BarneyCaldas

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