El clima cuesta

El clima cuesta

Julio 21, 2011 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

Sir Nicholas Stern, ex vicepresidente del Banco Mundial, indica, que si no se actúa ya, el calentamiento global puede suponer una reducción del 20% del crecimiento económico, mientras que hacerlo de forma decidida sólo costaría el 1% del PGB mundial. Y el economista Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía en 2001, señala que el tema no es si tenemos los recursos, sino cuáles son los costos de no hacerlo.Por su parte, el economista y ambientalista chileno Manfred Max-Neef (Economía Descalza, 1986 y Teoría del Desarrollo a Escala Humana, 2007), nos sigue recordando que “la economía está para servir a las personas y no las personas para servir a la economía”. Que progreso es si uno tiene mejor calidad de vida y no cuántos edificios se construyeron; ni cuantos carros se vendieron.El calentamiento global se debe, al menos en parte, a factores antropogénicos, (Ipcc, ONU, 2007). Tenemos que lograr un cambio profundo en nuestras costumbres, como proponen el arquitecto estadounidense William McDonough y el químico alemán Michael Braungart (Cradle to cradle, 2002). Repensemos nuestras adquisiciones, reduzcamos los consumos, reutilicemos lo usado, y reciclemos lo desechable.Repensemos las nuevas obras. Que no sean para la economía de los contratistas ni únicamente para los carros, sino para la felicidad de los peatones, conductores particulares y pasajeros del transporte público, siendo seguras, cómodas, eficientes, agradables y bellas. Que tengan en cuenta a hombres y mujeres, niños, adultos y ancianos. Que no sean barreras arquitectónicas ni urbanas, especialmente para los discapacitados.Reduzcamos el consumo de electricidad, agua, sobre todo la potable, y de los combustibles, y que los servicios no sean un negocio, sino una prestación pública subsidiada para los que consuman menos, al costo para los que consuman el promedio establecido, y muy gravado para los que consuman más. Y hay que poner fuertes multas a los que los desperdicien, incluso judicializarlos.Reutilicemos lo ya construido, es buen negocio además de ser clave para la identidad de los ciudadanos con su ciudad. Hay que multar las edificaciones desocupadas, premiar su reciclaje y gravar duro las demoliciones. Y lo mismo con los lotes, premiando su uso, y en cambio gravar las nuevas urbanizaciones, y entre más lejos estén del centro, mas alto el impuesto predial. Y poner peajes a los que duermen en las afueras.Reciclemos lo que más podamos escombros y basuras. Sus cada vez más graves inconvenientes desaparecerán cuando se conviertan en insumos para negocios rentables. Hay que eliminar los escombros en su fuente, no demoliendo las construcciones, o utilizándolos en las obras de remodelación como nuevos materiales y componentes de nuevos elementos. Y multas fuertes para los que los depositan en las bermas de las carreteras.Para 2045 seremos nueve mil millones, pero el problema es sobre todo el desmesurado aumento del consumo (National Geografic, 01/ 2011). De nosotros depende nuestra calidad de vida y la de los que nos siguen. Como dice Anna-Karin Gauding, científica política sueca (Proyectamérica, 2007), la destrucción global del medio ambiente es probablemente el desafío político más difícil que la humanidad ha enfrentado.

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