Edificios o ciudad

Marzo 03, 2011 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

Hasta hace un siglo nuestras ciudades se conformaban sobre una traza más o menos ortogonal, definida con antelación, repitiendo unas pocas tipologías edilicias que evolucionaban lentamente. Los monumentos eran sólo iglesias y conventos, y, más que arquitectos, hubo constructores. Ahora abundan, pero poco saben construir y diseñan toda clase de edificios como si fueran monumentos. Sus voladizos, alturas y retranqueos caprichosos no consideran su entorno, olvidando que la belleza de las calles estriba en la homogeneidad de sus paramentos, e incluso modifican hasta los andenes. Antes construían al tiempo edificio y ciudad, pero ahora apenas les preocupa que el edificio sea espectacular. Como dice Rem Koolhaas, “el resultado es un espacio chatarra aunque cada una de sus partes sea un brillante invento” (Junk Space, 2001). Admiramos los centros históricos, como los de Cartagena o Popayán, o lo que queda de ellos, como la Candelaria en Bogotá o San Antonio en Cali, pese a que, como dice Koolhaas, son lo más renovado, modificado y falso que tienen las ciudades (La Ciudad Genérica, 2002), pues no obstante son una suma de edificios que conforman calles y plazas con un mínimo de homogeneidad (igual que en el moderno Centro Internacional de Bogotá, caso único en el país), y de allí su belleza ya que el arte es ilusión y, como escribió Aldo Rossi, “no existe ninguna posibilidad de invención tipológica si admitimos que ésta se conforma mediante un largo proceso en el tiempo, y que está en un complejo vínculo con la ciudad y la sociedad” (La arquitectura de la ciudad, 1971). De ahí que el remedio de lo que llamamos espacio público (pese a que lo privatizamos subiendo los carros a los andenes, construyendo en los antejardines o cerrando los pórticos), resultó peor. Como sólo podemos intervenir su suelo, pues los edificios que lo conforman son privados, no perdemos tiempo en considerar su espacio y saturamos su superficie de ‘diseño’ con escalones, bancas, materas, mogadores, alcorques, despiece de suelos, espejos de agua, taludes y demás, aumentando su desorden visual y olvidando su sencillez de siempre que facilita su uso y mantenimiento. Es urgente regresar a que la ciudad sea más importante que sus edificios comunes, limitar el número de los que deben ser monumentales y enseñar a componer edificios que se sumen a lo pre existente a través del espacio urbano que conforman. Fue la preocupación constante de Rogelio Salmona, pues “destruir la ciudad es destruir la civilización” (Revista Politeia Nº 17, 1995), y de ahí que para él “hacer arquitectura en Colombia implica buscar -ojalá encontrar- la confluencia entre geografía e historia” (Entre la mariposa y el elefante, 2003). Desde los apartamentos de El Polo, de 1962, hasta el Centro Cultural García Márquez en Bogotá, de 2008, pasando por el Archivo General de la Nación (1989) y la Nueva Santa Fe (1983), o la FES (1987), hoy Centro Cultural de Cali, es evidente la búsqueda de que los espacios urbanos que conforman sean públicos. Lo que logra magistralmente en las Torres del Parque (1970), la sede de la SCA (1974 )y el Museo de Arte Moderno de Bogotá (1979), en cada uno y entre todos ellos a través del Parque de la Independencia, que había rediseñado en 1969.

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