¿Cuándo?

Diciembre 01, 2011 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

La guerra que nos ha impuesto aquí el Gobierno norteamericano contra la producción y tráfico de drogas, mas no contra su consumo allá, ha sido un fracaso ya reconocido por ellos mismos. Su uso continúa aumentando en Estados Unidos, que con sólo el 6% de la población mundial, consume más del 50% de las drogas (Onudd, 2011). Su inútil prohibición, también impuesta por ellos, genera enormes ganancias y permitió hacer en Colombia un gran negocio, y eso que apenas llega una parte de ellas. Pero que ha dejado degradación ambiental, muchos muertos, inseguridad y corrupción a todos los niveles, y ha penetrado nuestras tradiciones y comportamientos, afectando no sólo la política, la economía y la sociedad, si no también el gusto y la arquitectura, pues construir de cualquier manera pero a la penúltima moda se volvió la manera más expedita de lavar dólares, y las ciudades son cada vez más feas, y se llenaron de desplazados y atarbanes y su inseguridad se disparó. Y sobre todo, ha permitido la supervivencia de una subversión que hace años se volvió narcotraficante.El narcotráfico está en la base de los mayores problemas del país (Andrés Hoyos, El Espectador 02/11/2011). Es vergonzoso que la legalización de las drogas se haya dejado de lado hasta ahora con la disculpa de que no se puede hacer unilateralmente. Habría que despenalizarlas ya y tratar su adicción como un problema de salud pública. La realidad es que la guerra en contra mata muchísimos más colombianos que la cocaína y la mariguana, y éstas menos que el alcohol o la nicotina. Su legalización, lo han dicho desde hace muchos años Antonio Caballero, reconocidos intelectuales extranjeros y The Economist (The case for legalising drugs, 28/07/2001) y Time (Europe goes to pot, 20/08/2001), es pertinente bajo dos argumentos contundentes: el derecho ancestral de los individuos a hacer con su cuerpo lo que quieran, mientras no le causen daño a otros, y el fracaso del Gobierno de Estados Unidos en impedir que su consumo le haga daño sus propios nacionales, y que ha reconocido públicamente que su demanda interna, más que la oferta externa, es la que fomenta el narcotráfico.Si aún no se ha legalizado allá es por el moralismo y los bancos, en los que se mueve la mayor parte de sus enormes ganancias, pese a que en cerca de la mitad de sus estados ya se permite la mariguana, ahora cultivada por ellos, con el pretexto de su uso medicinal. En Holanda, Suiza, Canadá y Portugal, siguiendo una tendencia hacia su descriminalización, la drogadicción es tratada con éxito como un problema de salud pública, similar al tabaquismo y el alcoholismo, y no como aquí, sin éxito, como uno de orden público. Su legalización es crucial no solo para la paz aquí, pues reduciría drásticamente la financiación de la guerrilla, y la corrupción y violencia que genera el narcotráfico. Y para los drogadictos, a los que en lugar de tratar como delincuentes sería posible ayudarlos como a los alcohólicos. Quedarían eso si nuestros desplazados, que difícilmente regresarán al campo, por lo que más que una reforma agraria, como se pensaba hace medio siglo, lo que se necesita hoy es una reforma urbana, pues demandan trabajo, vivienda, educación y salud. Ojalá el Presidente insista en el tema.

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